Orgullo de corazón

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

«El futbolista debe jugar aunque le duela el corazón». La frase me emocionó. Se la escuche hace unos días a Darío Felman, un argentino y buen tipo que formó parte de aquel gran Valencia de finales de los setenta y principios de los ochenta. Felman nació en Mendoza y llegó a Mestalla desde Boca Juniors. El extremo es uno de esos que terminan por echar raíces en Valencia más allá de la firma de su contrato. Tipos que vienen y van pero que siempre regresan a lo que entienden que es su hogar. Felman es un señor al que merece la pena escuchar. Esa frase, la del dolor de corazón, bien valdría el titular de una doble página. Ideas que encierran toda una vida, la profesión y la profesionalidad. La reflexión del mendonzino la hago mía y la adapto al recreo. A ese patio del colegio en el que había mil partidos a la vez y donde nadie se borraba por mucho dolor que hubiera. Nunca un resfriado fue excusa para no alistarse en esa guerra que en mi clase dirimíamos entre el Parreta y el Puma. Rivalidad y tradición que llevamos desde tercero a octavo de EGB como si no hubiera un mañana. En mi clase durante años no hubo ni pares ni nones ni oro ni plata para formar equipos. Cada vez que el 'C' salía a uno de los patios de Escolapios sus alumnos sabían dónde estaban sus compañeros de trinchera. El balón de reglamento era sólo para días de fiesta. Esas guerras se mantuvieron con pelotas de plástico duro y blando, de espuma, con bolas de capas de papel de plata y con algún que otro balón desinflado de baloncesto. Partidos en los que no había dolor de corazón, donde se jugaba con mocasines, zapatillas y botas ortopédicas. Donde nunca nadie de los que lucían lentes escondieron la cabeza para rematar un córner. Partidos en los que debajo de cada larguero se hacinaba un grupo indeterminado de porteros. Futbolistas que peleaban asidos a bocadillos de nocilla, fiambre o mantequilla con azúcar. Herederos de Darío Felman, que jugó al fútbol a nivel profesional de la misma manera que disfrutó durante su infancia en las calles de Mendoza o en la cancha del colegio. La frase del exjugador argentino vino a cuento por la facilidad de muchos futbolistas hoy en día de borrarse de una convocatoria al mínimo simulacro de dolor. Tipos con un umbral de sufrimiento tan bajo como alto es su capacidad para no ser solidarios en el esfuerzo a favor del grupo. Hoy, hay un futbolista en el Valencia que me recuerda a Darío Felman. El central Gabriel Paulista es un ejemplo para la plantilla. Nunca se ha borrado por mucho que el dolor invitara a quedarse en casa. El brasileño ha sido criticado en ocasiones por sus prestaciones, por errores que han significado goles en contra. Fallos que entran dentro de lo que se llama fútbol. El resto forma parte del orgullo de cada uno.

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