LA GORRA DE MARCELINO

Héctor Esteban
HÉCTOR ESTEBANValencia

Lo primero que pidió Marcelino el día que empezó a entrenar al Valencia fue una gorra. «¡Una gorra! ¿Dónde hay una gorra? ¡Quiero una gorra», gritaba el asturiano en el estadio de Evian. Los jugadores mientras tanto se ejercitaban sobre la pista de atletismo bajo la supervisión de los preparadores físicos. Marcelino, una vez consiguió la gorra con el escudo del Valencia, cogió un martillo y un puñado de picas y empezó a clavar sobre el césped la famosa cinta blanca. ¡Pam pam pam! El ruido metálico se escuchaba desde la grada. Aquel fue el primer paso para construir el actual Valencia. Desde ese momento, la plantilla quedó parcelada en su zona de influencia sobre el terreno de juego. Desde ese día, cambiaron las dinámicas de trabajo. Una vez fumigado el vestuario, la actitud hizo todo lo demás.

El mandamás fue el ejemplo a seguir. La temporada pasada, los futbolistas se aprovecharon de la debilidad de Pako Ayestarán para dinamitar la plantilla. El vasco tuvo que emplearse más en deshacer los corrillos -había que indicar a los jugadores dónde se debían de sentar a la hora de desayunar para eliminar los grupos de poder y aparcar los guetos- que en preparar una plantilla conformada con una planificación desequilibrada.

Este verano, con la leyenda del sargento de hierro de Marcelino, nadie se atrevió a ir por libre. Es más, los tóxicos ni siquiera viajaron a Francia. Debajo de aquella gorra de Marcelino estaba la dedicación, el empeño y el trabajo. La actitud necesaria para recuperar a una plantilla de saldo, descreída y lastrada por dos temporadas infames. Un vestuario incluso vapuleado por un tal Prandelli que hizo de su «fuori» un escudo y la excusa venerada para saltar por la borda.

Ayer, tras el partido ante el Leganés, Marcelino ponía en valor el buen ambiente que se respira en el vestuario, el respeto, la excelente sintonía para mantener a una plantilla conectada a la pasión de jugar al fútbol. Marcelino, manos a la obra en Evian, trasladó el mensaje de que el que quisiera jugar debía currar, exprimir sus condiciones para aportar, sumar para la colectividad por encima del ego que ciega a muchos futbolistas jóvenes y millonarios.

Hoy el Valencia es otra cosa. Más allá de los resultados, de las marcas históricas y de los puestos de Champions, hay gestos que narran el relato de la excelente convivencia. El gesto de Parejo, como gran capitán, de apartar sus estadísticas para fortalecer la proyección de Mina le honra. El respeto de los centrales en su rotación de cambios. La disciplina de los canteranos en la asunción de su rol. El compromiso del portero suplente.

Marcelino se puso ayer también la gorra, la de la paciencia y la calma, la del paso a paso. Llegar hasta aquí no es más casualidad que el resultado del trabajo. Esta es la dinámica que lleva al éxito.

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