QUIERO SER INFLUENCER, MAMÁ

Se ha convertido en una profesión. Los niños ya no desean ser policías o bomberos, sino famosos

QUIERO SER INFLUENCER, MAMÁ
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Qué convencional me veo, chico. Si volviera a nacer me haría 'influencer', en español 'influyente'. Ni abogado de asesinos, ni butanero, ni actor porno, ni futbolista, ninguna de esas ocupaciones de prestigio. Nada de eso. Influyente, un personaje de los que cobran por contar en las redes sociales las tonterías que les ocurren. Que si me despierto, que si me reviento un grano, que si debajo llevo un chándal de lujo, que si me tapo los ojos con rodajas de pepino y el pepino con una cáscara de plátano, que si le pongo un vestidito al perrito. El perrito, también influyente. A nivel perro, claro. Una celebridad venerada por la web, sin razón aparente. No preguntes, te enfrentarás a un círculo vicioso: «Chiquillos, ¿por qué seguís a tal influyente?». Respuesta: «Porque es muy famoso». Pregunta: «¿Y por qué es tan famoso?». Respuesta: «Porque es un influyente». Si en internet metes un gilipollas más, los gilipollas se te caen por el otro lado. Eso está a parir.

Ser influyente se ha convertido en una profesión. Los niños ya no quieren ser policías, bomberos o misioneros, como nosotros, ahora, aspiran a ser famosos. Famosos y nada más. Participar en un concurso de cocina, de costura o de cantar (¿quién le iba a decir a mi tieta Enriqueta, tanto como ella bregó, que cocineras, costureras o cantantes ocuparían la cúspide del éxito social?), darse a conocer y, a partir de ahí, vivir de exhibir intimidad y ropero en YouTube, Facebook o Instagram. También hay programas en que se triunfa sólo con dejarse filmar sin privacidad en el váter. Todos los preadolescentes de esta galaxia pasan el día inmortalizándose, en foto y vídeo, poniendo morritos, presumiendo de tableta de chocolate o luciendo trapitos, a la espera de que la fama los encumbre por majaderos.

La semana pasada Nasim Aghdam, una activista de 38, influyente a medias, cabreada con la nueva política de YouTube, más exigente con las reproducciones y la publicidad, entró en el comedor de la compañía con una pistola e hirió de bala a tres, antes de suicidarse. Su caso es un síntoma. Para muchas personas, la existencia en las redes sociales es ya su única existencia o su existencia principal. Más allá del estúpido fenómeno de los influyentes, innumerables seres humanos viven ya, únicamente, para contarlo en Facebook o Instagram. Se avecina un mundo en que las ficciones sustituirán a las emociones.

Nasim Aghdam, tras años de popularidad, promoviendo el amor a los animales, la dieta sana, la militancia vegetariana y la paz interior, se enfada y va y se lía a tiros con sus prójimos. De nada le sirvió su sana condición de vegana, bien podría haber envejecido comiendo hamburguesas y sin joder a nadie. Sin embargo, lo que le importaba no era el credo sino el crédito. No era la filosofía sino los 'followers'. El mundo no está loco, pero cada vez es más falso. Ya ves.

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