Ordinary people

TIENDA DE CAMPAÑA

La gente corriente no ve que Rajoy juegue el partido de Puigdemont con la pasión contrariada con que ellos lo hacen

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

El fin de semana vicentino ha sido largo. Y no vean, no quieran saber cómo está el personal, más allá del affaire Cifuentes o de la arremetida del PP contra las finanzas de Compromís y el PSPV, con el asunto que les tiene en vilo ya va para ocho meses, el parto de los montes de Puigdemont.

Cuando digo «el personal» no es despectivo: intento acotar a la gente corriente, al espectador de lo que pasa, personas del montón entre las que abunda, por afinidad, ese espectro de jubilados que no tiene mucho -un periódico, un televisor, una pensión, un par de nietos, dos o tres convicciones- pero que sabe que sus ataques de ira se capitalizan, de vez en cuando, en un voto. Bueno, pues esos, ese 'ordinary people' que es armazón de un país, está que trina, que revienta, por el bofetón que a su juicio le ha dado Alemania a España.

Casi me quedé sin probar los chipirones, una de estas noches, explicando la separación de poderes y esquemas judiciales europeos. Pero no les vale: los compadres de la masa corriente de electores no ven el asunto diferente de la semifinal Alemania-España de tenis a la que han asistido -por televisión, claro- disfrutando del coraje de Nadal y sobre todo del hecho triunfal de que «todos estos de ahora» hayan entendido que Valencia está obligada -no invitada, sino genéticamente obligada- a seguir brillando como una ciudad de eventos, como quedó demostrado en 2007.

La pasión de la «gente corriente» no está desinformada. Y no asimila -con mucha razón- que un tribunal regional de Alemania, una Audiencia, haya despachado una demanda del Tribunal Supremo español. «Si eso es así, Europa está mal parida», decía uno de mis «moderados» interlocutores. «Y así no la quiero», añadió su compadre, que jura estar gestionando un pasaporte de Etiopía.

No, no se asimila bien que un país que canta un himno cuya primera palabra es «Unidad» haya decidido sobre Puigdemont lo que hemos visto. La gente quiere una Europa que defina por igual la «alta traición» y se defienda con cohesión de sus peligros latentes, sea nacionalismo, soberanismo, separatismo, populismo, radicalismo o fascismo. La gente quiere, para España, la severa vigilancia de la democracia de la señora Merkel y la ductilidad asombrosa de los partidos alemanes para el pacto.

La gente ordinaria, que admite y entiende la división de poderes, lo que quiere, en fin, es comprobar por alguna vía que a Mariano Rajoy y los suyos les repatea el veredicto sobre Puigdemont. Y que ese sentimiento, además, se concatena con unos esfuerzos didácticos, diplomáticos, periodísticos, propagandísticos y gubernamentales, para defender y explicar la unidad de España en todos los foros europeos. Ahí, me parece a mí, reside la parte mayor, y más sabia, del enfado de esta gente corriente: que ve muy clara la labor del poder Judicial pero no está viendo que el Ejecutivo y el Legislativo jueguen el partido a partirse el pecho, poniéndole corazón.

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