Milagro anual

TIENDA DE CAMPAÑA

Nos parece normal el riesgo al que sometemos en Fallas a una ciudad que acepta el reto y lo supera con buena nota

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Ocupada, desbordante, preñada de gente como pocas veces, Valencia acaba de vivir, un año más, otra de sus grandes pruebas de fuego: las Fallas. Es la fiesta mayor, y sus mil registros secretos se ponen en tensión máxima, no un día ni cuatro, no durante eso que antes llamábamos la Semana Fallera, sino a lo largo de más de veinticinco días. Ande, vaya usted al alcalde de Manchester y dígale que cada día, a las dos de la tarde, tiene cien mil locos que se concentran en una plaza para oír el estallido de cientos de kilos de pólvora; hable usted con el jefe de tráfico de Chicago, o de Valparaíso, y dígale que el proyecto consiste en cortar 400 calles, disparar pólvora en todas ellas y luego quemar otros tantos armatostes, en un plazo de tres horas, para luego retirar 400 toneladas de basura y brasas.

No, no tenemos ni idea de la prueba de estrés a la que sometemos a la ciudad; sin apercibirnos, como en un juego, sin darle importancia. Hace semanas me quedé con la cifra escalofriante: solo para poder atender a los vecinos que necesitan que se retiren las basuras con normalidad, es preciso mover de su emplazamiento unos mil contenedores. Basta únicamente hablar un minuto con un conductor de la EMT para entender que el plan que se aplica por horas desborda cualquier posibilidad de cálculo y lo que termina por salir es puro milagro: el de una ciudad que se colapsa por voluntad propia, se pone al borde del caos por placer y consigue superar el reto hasta sacarse adelante con buena nota.

Es milagroso que el caos no degenere en situaciones graves. Asombra que los bomberos lleguen a los sitios y las ambulancias cumplan su papel. Maravilla que sea posible llevar servilletas y pan a todas las bocas que las reclaman. Y eso se hace, desde luego, a costa de la huida de varios miles de vecinos, de la incomodidad de muchos miles más, de la renuncia de la gran mayoría a esas condiciones de la normalidad que diferencian una ciudad civilizada de un campo de batalla.

Los alcaldes, cuando todo acaba, tienen la sana costumbre de saludar a policías y bomberos, y al personal de limpieza, protección civil y Cruz Roja... Pero para constatar el milagro, lo mejor es madrugar y ver, por ejemplo, el esfuerzo que la gente de SAV hace por «desengrasar» un barrio entero, por sacar a flote la costra de suciedad que cada noche dejamos en zonas como el Ensanche, Campanar, El Carmen, Velluters, Ruzafa o el Marítimo. Ver a docenas de hombres, y sobre todo de mujeres, tirar de escoba, pala y cubo es entender la maravilla de una ciudad que no se rinde, sino que se pone en riesgo y se supera a sí misma año tras año. Y así desde que el Ayuntamiento, en 1886, dobló la tasa que cobraba a las fallas y como respuesta recibió... el desafío de que se plantaron más que nunca.

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