A mis amigos

TIENDA DE CAMPAÑA

Viven en el Ensanche, adoran la fiesta y sufren sus consecuencias sin rechistar; ninguno de ellos tiene el 'bunyol d'or'

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Uno de mis amigos del Ensanche está contento: gracias al nuevo rigor municipal, la carpa que habitualmente instalan en su calle ha sido reducida de 700 a apenas 550 metros cuadrados. Y se nota, ya lo creo que se nota el desahogo. Incluso un par de farolas del alumbrado público han vuelto a quedar fuera de la instalación, holgada como para alojar aviones Galaxy y trasatlánticos de la MSC.

Tengo tres amigos en el Ensanche. Uno, que se trasladó a dormir a la parte interior de la manzana hace ya quince o veinte años, cuando el barrio se convirtió en un gigantesco comedor, ha vuelto a renovar, a primeros de marzo, el rito de comprar nuevos tapones para los oídos. Va a la farmacia y, como el consumo en temporada fallera es enorme en todo el barrio, se los tienen reservados; la boticaria, amiga de toda confianza, le ha recomendado este año un modelo nuevo, tapones profesionales herméticos para gente que trabaja con maquinaria pesada y motores a reacción. Mi amigo, con envidiable buen humor, asegura que sobre las cuatro de la mañana habrá noche que logrará dormirse.

Otro de mis amigos tiene coche y plaza de garaje en el Ensanche, pero ya hace años que renuncia a usar esos lujos durante las Fallas. Desde el 9 de marzo, las calles las cortan, su garaje queda invalidado y su vida cambia. De modo que, sin que nunca haya pensado en una demanda judicial, va a trabajar usando el transporte público. Lo que ocurre es que mi amigo trabaja a 56 kilómetros de Valencia, y la red de transporte que necesita usar no es la de EMT sino la de Renfe-Rodalíes: tomar el ferrocarril en El Cabanyal es un saludable ejercicio que solo le exige levantarse una hora antes y luego caminar media hora entre la estación de destino y su mesa de trabajo. El plan de transporte fallero lo inició ayer y no le está dando malos resultados, asegura.

Al tercer amigo lo tengo expectante, incluso emocionado; en su calle, me dice, la reserva extraordinaria de vallas que se está haciendo anuncia la llegada de un evento especial, una feria de 'food trucks', una concentración de camionetas especializadas en comida para tomar y llevar que es nueva en el barrio. Es un gran aliciente; si el Ensanche, habitualmente, es una mezcla contrastada de aromas de cocina griega, mexicana, pakistaní y andaluza, ahora, con las furgonetas, todo va a ser más atractivo: el aroma de calamar frito que inunda el barrio desde Jacinto Benavente hasta Regne de Valencia, se verá ahora salpicado de otras texturas y sugerencias, especialmente la de la cebollita que acompaña a la hamburguesa, en un clima de gran animación.

Ninguno de mis amigos es fallero de cuota y comisión. Ninguno de los tres ha recibido una carta invitándole a sentarse en una silla, reservada para él y su familia, durante una Parada Mora. Los tres adoran la fiesta... pero no tienen el 'bunyol d'or'.

Fotos

Vídeos