1992

Valencia aprendió a reivindicar el trato que merece del Estado y desplegó una política de eventos que llaman despilfarro

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Aquella tarde inolvidable, cuando Fermín Cacho ganó su medalla en los Juegos Olímpicos de Barcelona, sentiste el orgullo de ser español, de pertenecer a una nación que había hecho una limpia Transición a la democracia, que se había esforzado para ingresar en el Mercado Común, estaba superando obstáculos de siglos y ahora se presentaba ante el mundo, renovada y segura, a través de una ciudad espléndida y moderna, acogedora y feliz.

Aquella otra tarde inolvidable, la de las largas colas en la Exposición Universal de Sevilla, sentiste el orgullo de ser español y de disfrutar, uno entre miles, de los proyectos realizados por una nación que mostraba al mundo, por fin, los frutos de una larga historia vivida en Europa y en América. Y que lo hacía, rodeado del halago de docenas de países del mundo, a través de una explosión popular de cultura y sensibilidad, de modernidad y alegría de vivir.

Se cumple hoy un cuarto de siglo del momento espectacular en que un arquero disparó una flecha encendida que prendió el pebetero olímpico. Se cumplen 25 años de un instante de la historia de España que la memoria, selectiva, convierte en casi perfecto. Éramos felices, nos dicen los recuerdos: nos sentíamos vinculados a un proyecto compartido de proyección externa de la nación recobrada.

Desde aquel verano de 1992, tan preñado de razones para sentir el orgullo legítimo de ser español, han pasado 25 años. Nadie lo intuía, nadie lo proclamaba en aquellas jornadas felices de fiesta y eventos; pero en otoño se presentó de repente una grave crisis económica que, no mucho después, acompañada por una primera ola de escándalos de corrupción, determinó un cambio de decoración política en el año 1995.

Han pasado ya 25 años y sin embargo, aquella Cataluña que se presentaba al mundo como la región española más desarrollada y vanguardista de España, ha dejado de ser un ejemplo a seguir y es ahora el primero y más grave de los problemas nacionales. En un clima de evidente insolidaridad, algunos políticos de Cataluña son casi una amenaza.

Las campanas de la Catedral sonaban cada mañana en el pabellón valenciano en Sevilla. En el puerto de Barcelona, uno de los buques que hacía de hotel de lujo, acababa de salir de los astilleros de Unión Naval de Levante, ahora cerrados y desérticos. Día tras día, han pasado por nuestras vidas veinticinco años. Y en ellos, Valencia, que vio desfilar ante sus ojos el esfuerzo nacional volcado sobre algunas regiones, aprendió la lección de reivindicar infraestructuras esenciales y exigir el mismo trato que sus hermanas. Desde 1995, Valencia desplegó un programa de proyectos, realizaciones y eventos destinados a paliar la reiterada desatención del Estado. Son -desde la Ciudad de las Ciencias a la Copa América- los que por lo general son tildados, dentro y fuera, como sueños y despilfarros. Sólo lograr el AVE nos llevó dieciocho años...

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