MARCO PROMETE GRANDES ALEGRÍAS

FERRAN BELDA

Enrique Ponce puede estar tranquilo, dentro de lo que cabe. À Punt, una de las tres televisiones inactivas que mantiene el Gobierno autonómico más endeudado de España, no dará muestras de su arte, pero si México vuelve a postrarse a sus pies, como acaba de ocurrir, y la nueva emisora está ya emitiendo, lo contará. Escuetamente, pero lo contará. Mal que le pese a su directora general, Empar Marco, quien aseguró hace días que «no habrá toros en À Punt». En una memorable entrevista en la que tuvo para todos menos para su amiga y mayorala Esperança Camps: para el Consell, al que tanto debe; para la UPV, por oponerse a que coloque a toda la peña de RTVV; para los que opinan que no se quita la pasta de las manos en lugar de reconocer que ha «hecho una heroicidad», etc., Marco aseveró que no habrá «bous al carrer» ni en «la plaça». «No es el perfil de nuestros contenidos», matizó en esa jerigonza que emplea al hablar. Una rotunda negativa que completó con un remilgo altanero: «Mucho deberían cambiar las cosas para que las Cortes Valencianas nos dijeran lo contrario». Chulería que obligó no a las Cortes, pero sí al consejo rector de la CVMC a ordenarle que busque siquiera «la fórmula (¿química?) para hacer compatible informar sobre las tradiciones de arraigo popular (¿?) con la no exhibición de maltrato animal». Un pronunciamiento positivo por lo que supone de llamada al orden: los prejuicios personales del directivo de turno no pueden condicionar el ideario de una RTV pública. Pero negativo por cuanto se trata de una solución mojigata. Un trampantojo que, en el supuesto de que se aplicase al pie de la letra, daría lugar a una paradoja que ríanse ustedes de la de Russell. Pues mientras la censura animalista implantada impedirá mostrar a Manzanares en plena faena o emitir documentales de National Geographic nada se opondrá a llenar el resto de la programación de concursos infantiles o de telefilmes y películas donde son personas y no bestezuelas del Señor las que sufren las perrerías que les infligen otros seres humanos.

Pensar que los Borja que alanceaban toros en la Roma del Renacimiento no saldrían ni de refilón en el último informativo de estos estreñidos ayuda a comprender el peligro que entraña encomendar una tarea tan abierta a este tipo de obcecados. Lo que no sé es por qué se creen con derecho a velar por nuestra salvación. De los recién nombrados, el jefe de informativos, J. Ferrandis, se negó, siendo presidente de la UPV, a repudiar el cerco publicitario que Zaplana había levantado en contra del periódico que yo dirigía alegando que se trataba de «una cuestión empresarial». Y son los demás, el que no se cuidó muy mucho de mostrar siempre el lado bueno de Cartagena -el izquierdo, creo recordar- le hizo la ola a los otros cuatro: Lerma, Olivas, Camps y Fabra. Como el resto de extrabajadores de C9 salvo contadísimas excepciones.

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