Será «un buen tío» pero no es Dreyfus

FERRAN BELDA

María Dolores Cospedal no pudo ser más prudente cuando declaró que sólo pone la mano en el fuego por su «familia y poco más». Arcadi Espada, por el contrario, creyó que Camps había superado ampliamente una auténtica ordalía tras el juicio de los trajes y tras cuatro años de encuentros y entrevistas decidió poner la suya por el expresidente y se la ha quemado, claro. El libro que acaba de publicar sobre él, 'Un buen tío', no es que no va a soportar bien el paso del tiempo. Es que estaba condenado a convertirse en papelote antes de ver la luz. Pues por más abstracción que el lector haga de que «el buen tío» es Camps y se limite a extraer lo que la obra tiene de denuncia de un supuesto asesinato de carácter, el ejemplo elegido es inadecuado. Para más inri, la publicación ha venido a coincidir con la imputación del «amiguito del alma» en tres procedimientos judiciales más. Dos relacionados con la contratación y organización de los Gran Premio de Fórmula 1 y una tercera vinculada al sumario abierto a propósito de los contratos suscritos con ocasión de la visita del Papa Benedicto XVI a Valencia. Así es que si lo que pretendía el por lo demás perspicaz Espada era componer un 'J'accuse' contra El País se equivocó de hombre. Camps no es Dreyfus. Qué más quisiéramos. Desde el día en que acordó con los demás implicados en el sumario de los trajes admitir los hechos que se les imputaban para quitarse a los jueces de encima mediante el pago de una pequeña multa y a última hora dio media vuelta sin avisar y dejó que sólo V. Campos y R. Betoret se autoinculparan de sendos delitos de cohecho impropio, Camps es cualquier cosa menos «un condenado antes de ser absuelto por la justicia», como asegura Espada en su alegato. ¿Un buen tío? Pues un buen tío, pero sin exagerar la nota. De todas las maneras no me extrañaría nada de que el primer decepcionado con esta probanza haya sido el mismo Camps. Porque aunque, en líneas generales, el texto esté dedicado a su hijo y constituya un canto a su bonhomía, él es sólo una excusa para desgranar los errores y excesos que cometió el diario en cuestión, tarea fiscalizadora en la que el escritor es un consumado especialista y practica con delectación. La reproducción de las 169 portadas que dicho periódico le dedicó durante tres años tampoco le tiene que haber hecho mucha gracia porque, aunque a Espada le viene muy bien para desgranar sus críticas periodísticas, no le hacen ningún favor al ofendido, ya que varias de ellas se han agravado con el tiempo. El relato de cargos contra la prensa y descargos en favor de la víctima de este hipotético proceso mediático lo completa, por lo demás, un daño colateral: la alusión a la doblez de un par de colegas.

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