LA VIDA LOCA DE HÉCTOR BARBERÁ

LA CANTINA

El piloto irrumpió en el mundillo con solo 14 años. Siempre vivió demasiado rápido y se rodeó de malos consejeros

Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

Los vecinos de Héctor Barberá en Dos Aguas aún recuerdan a aquel niño al que le tiraban un duro si hacía un volantín. Eran los tiempos en los que todavía le llamaban 'Vorico', que para algo era el hijo de Voro, Salvador Barberá, el dueño del bar donde los aficionados se reunían con el cambio de siglo para ver las carreras de ese pequeño prodigio.

A Héctor siempre le encantaron las dos ruedas. Con un par de años ya iba en bici y con cuatro se subía a una motito. Un poco más tarde, su tío le regaló una Ossa para que pudiera disfrutar de su afición por el monte. Y cuando tenía 11 años, su madre encontró en el periódico un anuncio que convocaba unas pruebas para niños en Cheste.

Aquel chiquillo de Dos Aguas fue al circuito junto a otros 400 más y acabó en cuarta posición. Ya no había quien le parara. A partir de ahí, siempre hacia arriba. La Fórmula Airtel, las categorías de promoción y el Campeonato de España de Velocidad donde solo se le resistía otro chaval, un año mayor, de Elche.

Lo vi correr con 14 años en una carrera donde el ímpetu mandó su osamenta al suelo -años después me dijo que no soportaba ir detrás de otro piloto- en una carrera en la que Rodri, aquel chico de Elche, se impuso a Héctor Faubel y a Jorge Lorenzo. Fueron los primeros productos de la sensacional cantera del circuito de Cheste dirigida por el poco reconocido Julián Miralles.

Aspar lo fichó con 15 años. No era más que un adolescente muy tímido, parco en palabras, que sabía ir francamente rápido encima de la moto. No cambió demasiado, salvo que la gente empezó a ir al bar de su padre para ver las carreras. Era un piloto del montón. Hasta que en el Gran Premio de Brno se colocó en cabeza. El grifo de cerveza no paraba en el bar, los vecinos vibraban, el padre se emocionaba. Barberá acabó cuarto, que puede parecer poco, pero que era mucho: en la anterior carrera había sido vigésimo primero.

Después de aquel Gran Premio, ya nada volvió a ser igual.

A su vuelta todo había cambiado. Las cámaras, las entrevistas, los amigos... La fama. Era encumbrado como el sucesor de Aspar y, poco después, en junio de 2003 se convirtió en el primer piloto valenciano que subía al podio desde que el alcireño lo lograra, por última vez, en 1997, en Indonesia.

Aspar, como su preparador físico, Miguel Maeso, cuidaban al chaval. Su vida estaba pautada al minuto. Se levantaba a las siete y media y se acostaba a las once. En medio, clases de 3º de la ESO en Cheste, pilotaje, entrenamiento físico en el gimnasio, clases de inglés, comida seleccionada por un dietista... Una vida ordenada para un deportista de élite.

Pero el niño creció, se proclamó subcampeón del mundo de 125 y todo se fue al garete. Antes de cumplir los 18 ya se había comprado un Audi TT. «Me encantan los coches», decía entonces, incapaz de adivinar que le traerían por mal camino con diferentes positivos en los controles de alcoholemia o con una multa por conducir con el carné retirado. Siempre deprisa.

Poco a poco, Héctor Barberá fue cambiando. Aquel chico dulce que confiaba su suerte a toda clase de elefantes desde que alguien le regalara uno azul fue alejándose. De la noche a la mañana cambió su número de teléfono y nos obligó, a los cuatro o cinco periodistas de Valencia que le seguíamos desde hace años, a pasar por su mánager.

De repente comenzó a ser más fácil hablar con él en un garito que por teléfono. Dejó Dos Aguas y se fue a Manises. La primera novia oficial. Los tatuajes. Los perros pijos con pedigrí. Luego se marchó a Londres, como Rossi. Y cuando estaba en Valencia era fácil encontrártelo de fiesta. Y si no eras tú, otro lo veía por ahí. BSB, Akuarela, Las Ánimas... El chico guapo de los ojos azules y dulces maneras se había convertido en el terror de las nenas.

Entonces llegó un episodio que, craso error, le tapamos los periodistas. Un incidente al volante con una mujer. Pensamos que todo el mundo tiene derecho a cometer un fallo en su vida y que merecía evitar el linchamiento público. Ahora pienso que haberlo denunciado hubiera sido una lección muy oportuna. Pero ya es tarde.

Más adelante, llegaron las detenciones por ir piripi al volante, por conducir con el carné retirado, por acabar a violentos empujones con su novia en un hotel de Jerez. Esta semana, otro positivo por alcohol. En los circuitos, en cambio, se fue apagando. Un talentazo echado a perder.

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