EL MÓVIL NO MANDA MÁS QUE LA REINA, TODAVÍA

Cada persona lleva encima un chivato, transmitiendo su intimidad a una inteligencia artificial que clasifica todo

EL MÓVIL NO MANDA MÁS QUE LA REINA, TODAVÍA
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

En casa somos de seguir las bodas reales como si fueran finales de fútbol. Los que vivimos más lejos enviamos mensajes para compartir el raje. Esta mañana, precisamente, los 'royals' de Windsor celebran una que, sin ser la del siglo, llega cargada de novedades. Concentrado en los gestos multiculturales de Meghan y Harry de Gales, «dos diferentes» unidos en esta Inglaterra del 'Brexit' que cambia príncipes europeos por actores de Hollywood, todavía sobrecogido por el coro góspel, dirigido por una negra, que ha cantado el 'Stand by me' sobre los huesos de Enrique VIII, me sorprende enterarme de que los invitados tienen prohibido traer el móvil. Y, lo más relevante, no por si se lían a hacer fotos y las venden, sino por si los propios teléfonos de forma autónoma se encienden y se ponen a filmar. ¿Es eso posible? Claro que sí. Con un bicho de estos en la mano, todos somos kamikazes contra la privacidad de los otros.

Nadie lee lo que acepta al darse de alta en una red social o de mensajería, basta con que se ofrezca gratis. Facebook, por ejemplo, se gastó 22.000 millones de dólares en WhatsApp y, aquí, la gente piensa que no se paga por enviar o recibir un guasap. ¿Para qué lo comprarían, entonces? Me da risa tanta candidez cuando la palabra 'gratis' va por delante. El que se moleste en examinar las condiciones de empleo de esa u otra aplicación similar, se enterará de que cede todo derecho sobre agenda, imágenes y textos particulares. Que autoriza a entrar en su memoria, hacer llamadas, enviar mensajes, grabar con micrófono o cámara, incluso si el terminal está apagado. Y a compartir esa información con otras compañías y comerciar con sus debilidades. Además, combinando horarios de conexión, 'likes', comentarios y visitas, se alcanza a saber más de cualquiera que metiéndose en la misma cama. Guasap o Telegram no son de gorra, se costean con esclavitud moral.

Cada persona lleva encima un chivato, no es ciencia ficción, transmitiendo su intimidad a una inteligencia artificial que clasifica todo y lo aprovecha para hacer negocio. Parecemos vacas lecheras de datos que, tontamente, se dejan ordeñar a cambio de un pasto que ya era suyo. Los teléfonos nos traicionan, tienen ojos y oídos ajenos para nuestros secretos, tesoros y vicios. Si el espía lo impusiera Hacienda habría una revolución, pero como se ofrece en un aparatito muy chulo, pues, pagamos por tener el último modelo, ese que nos delata más y mejor. El ser humano es un simio sin remedio.

Por eso, han hecho bien los Windsor. Para cotillas, ya nos tienen a los de siempre, no necesitan, también, que cada convidado sea una cadena de televisión con patas. Por cierto, mi teléfono dice que ellos ya se han dado el «sí quiero», pero que yo he andado poco, sólo ocho pasos, es decir de la cama al sofá. ¿Será cabrón? Pronto el móvil mandará en mi vida más que yo.

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