Tengo sobrevaloradas las vacaciones

Una pica en Flandes

No sé por qué viajo con tantos bártulos si, últimamente, no hago otra cosa más que mirar al móvil

Tengo sobrevaloradas las vacaciones
ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Cuando era pequeño, en vacaciones, sólo me importaba pasarlo bien. Y lo conseguía. El aburrimiento no representaba una opción. Entonces, hablo de una época franquista, patriarcal y pretecnológica, no tenía con qué distraerme y, sin embargo, me recuerdo muy feliz, pido perdón por eso. De hecho, quizá la fantasía fuera mi único juguete, ya ves. Un palo se podía convertir, con facilidad, en espada o mosquetón; un árbol caído, en barco pirata; una habitación a oscuras, en cancha para las tinieblas de la noche y así. Con poco o nada, se me alcanzaba todo. Comer, igual que dormir, ir a misa, hacer deberes, visitar a las tietas o recoger el cuarto, componía un paréntesis en una vida cuyo exclusivo sentido era disfrutar. Estar de vacaciones constituía, pues, una disciplina al revés. Las vacaciones, cuando era pequeño, no servían para descansar sino para cansarme más. Y eran eternas.

Digo esto porque me he dado cuenta de que, tal vez como consecuencia de aquella infancia demasiado asilvestrada, mantengo de adulto un enfoque idealizado del concepto «vacaciones». Algo parecido a lo que me sucede con el maletero del coche, que, en realidad, es más pequeño de lo que supongo mientras sigo la flecha de luz en el supermercado sueco de muebles a medias. Luego, a la salida, ahí no cabe ni un tendedero. Lo he sufrido. Pues lo mismo, cada vez que preparo mis vacaciones, empaco: ropa por si hace frío, ropa por si hace calor, ropa por si hago deporte, las zapatillas de correr, el bañador por si hay piscina, una americana y una corbata por si sobreviniera un compromiso. Y no cierra la maleta.

Las dos novelas que, de ordinario, tengo pendientes, el ordenador para seguir escribiendo la mía, la colección de artículos dominicales que me reservé para cuando tuviera tiempo, un par de libros de poesía que recitar en las excursiones, el cine clásico que resulta obligatorio compartir con mis hijos, distintos juegos de mesa, la cámara de fotos, un bloc con lápiz y acuarelas, no sea que me apetezca dibujar. Amén de los medicamentos típicos en mí. Ah, y las cápsulas de café. Como si las vacaciones durasen tres años, en vez de una semanita corta. Y eso sin mencionar que voy al mismo sitio que mi generación al completo. Tan cargada como yo, por cierto.

Ahora, por Pascua, además, me he traído una cometa. Total, para nada. Al final, ni abriré los libros, ni escribiré una línea, ni correré un kilómetro. Los dos o tres días libres se me pasarán zampando monas, sacando, como los caracoles, los cuernos al sol y viendo telediarios llenos de sucesos. Volveré a Bruselas más frustado que me fui. No sé por qué viajo con tantos bártulos si, últimamente, no hago otra cosa más que mirar al móvil. Tengo sobrevaloradas las vacaciones. Debería aceptar que me he hecho mayor y que los mayores sólo jugamos a mamás y papás. Bueno, y a médicos, el que puede.

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