Patio de Monipodio

CÉSAR GAVELA

Los nacionalistas vascos sueñan con una patria formada por Navarra, Guipúzcoa, Álava y Vizcaya, sin descartar la presencia de La Rioja en ese nuevo y carlista país de Europa y el mundo, no en vano en la comunidad que se rige desde Logroño abundan topónimos euskeras que apuntalan un pasado tribal y misterioso.

Los separatistas catalanes, como sabemos por aquí, no cejan en su anhelo de construir el mapa de una república independiente que sumaría a las cuatro provincias catalanas, las tres valencianas, las islas baleares y las zonas fronterizas de Huesca, Zaragoza y Teruel, que ellos llaman la Franja de Aragón. Para crear un estado étnico sin etnia, dividido y en permanente ebullición de falacias, tedios y algaradas.

Los nacionalistas gallegos, que han alcanzado importantes alcaldías atlánticas gracias a su pacto con el declinante, confuso y chavista-madurista Podemos, reclaman el control de las comarcas vecinas del principado de Asturias y de las provincias de León y Zamora, donde se habla un castellano con músicas galaicas. Concretamente, las tierras al oeste del río Navia, El Bierzo y Sanabria.

Los canarios, pese a la sonora rivalidad de tinerfeños y grancanarios, de cuando en cuando esgrimen sus quimeras de independencia, bebiendo en aquellos radicalismos de aura bereber que surgieron en los años setenta, y que siempre están latentes en sus ensayistas más estrafalarios. Que querrían reconfigurarse como una insólita nación afroeuropea.

Los leoneses llevan casi cuarenta años lamentando su no consultada adscripción a la comunidad de Castilla y León porque estiman, y parece que tienen razón, que habiendo sido durante siglos un reino ilustre, del que nacieron nada menos que Portugal y también España, vía Castilla, hoy sólo son la zona más modesta de una macrorregión que es más extensa que Lusitania y que se rige desde Valladolid. Los leoneses no pudieron ser comunidad autónoma, molde que sí benefició tan generosamente a los castellanos de Santander, hoy Cantabria, y a los de Logroño, hoy La Rioja.

Por otra parte el alicantinismo existe, nunca muere, y también la graciosa antigualla del cantón de Cartagena. Y existen los enclaves de Ademuz y de Treviño, y la querencia aragonesa del este de Guadalajara, y la cosa medio manchega del norte de Jaén, y la murcianidad almeriense, y la inclinación vizcaína del nordeste de Burgos, y, y, y...

Y a todo esto uno se pregunta si no convendría que se disolvieran las comunidades autónomas y que el estado democrático, a la francesa, igualitaria e ilustrada usanza, asumiera las competencias de educación, y que las diputaciones provinciales, que sí tienen verdadero arraigo, gestionaran la salud, las carreteras y los gastos sociales, y desaparecieran las parafernalias autonómicas, con sus chambelanes, sus propagandas y sus consejeros. Que en Asturias llaman 'ministrines'.

Fotos

Vídeos