La ley

CÉSAR GAVELA

Se reían de la ley. Les parecía que era algo falso, menor, absurdo, leguleyo. Llegaron a creer que la ley era una leyenda. Y que la leyenda era la ley. Lo llegaron a creer o se lo hicieron creer a cientos de miles de personas. Lo que importaba era la leyenda. La que establecía que los catalanes tenían genes más parecidos a los de Francia que a los de España. Y que nada había más legal que el derecho a decidir, al margen de la ley.

Se burlaban de las sentencias del Tribunal Constitucional, del Supremo y del Superior de Cataluña. Cada vez que uno de estos órganos judiciales dictaba un fallo y ese fallo era contrario a los creadores de la legalidad legendaria de Cataluña, los que hoy andan presos, o haciendo equilibrios en el alambre del digo-diego para evitar la mazmorra, se morían de la risa. Enseguida decían: «no vamos a cumplir esa sentencia». Y se quedaban tan panchos. Contentos, seguros, avasalladores incluso. Porque nada más legendario que incumplir las normas y las sentencias. A fin de cuentas la mayoría de los héroes, y ya desde la noche de los tiempos, han vivido en la heterodoxia. Y ellos, los presuntos delincuentes del poder catalán y de sus infinitas terminales subvencionadas -ANC, Omnium, prensa adicta, columnistas de la mendacidad, alcaldes a la vera de su vara... también se tenían por héroes. Héroes cobardes, eso sí, y de moral quebradiza. De astucia aldeana, y del todo pagado por el erario público.

Los nuevos héroes lloraban de emoción por calles y parlamentos, por plazas y ciudades y por la televisión catalana, que comparte el cénit mundial de la manipulación con su colega de Corea del Norte. Un gozo que era convicción de que la independencia de Cataluña estaba al llegar. Y las masas se sentían las más felices del universo. Porque iban a lograr que un país como España, con más de 500 años de vida, con toda su fuerza y hondura históricas y con sus 45 millones de habitantes contrarios a la secesión, hincara la rodilla. Todos a sucumbir ante el discurso de grandes hombres como el risible Puigdemont, de economistas impostores como Oriol Junqueras, de mujeres de acendrado sectarismo como Carme Forcadell, de hombres de país como los Jordis inefables. Toda España y sus siglos, y esa mayoría de catalanes que no quieren la independencia, todos bajo el delirio de las embajadas, de los suntuosos consejos de transición a la nada, poblados por ganapanes de alto sueldo, todos bajo las mentiras fabricadas a escala planetaria. Todos a punto de celebrar con grandes risas y cortes de manga la ruptura de la patria de Cervantes.

Y así era, en la leyenda, tal que así, hasta que apareció la ley. La verdadera defensora de la solidaridad, la democracia, la libertad, la justicia y la igualdad. La ley, que llegó suave e implacable a un tiempo. Y todo fue todo muy fácil, increíblemente sencillo. Toda una lección de democracia.

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