Otras matronas

Mª ÁNGELES ARAZO

Hoy los chicos son mucho más altos que sus padres y las chicas tienen largas piernas y finas caderas.

La moda impone sus cánones en una figura que desfila en la pasarela y atrae en las vallas, en las revistas gráficas y en los spots. Una figura ligeramente curvilínea, sofisticada, nada plana, pero tampoco excesiva; de todo un poco, pero bien puesto.

-Pues las valencianas dicen que son llenitas por el arroz diario.

-Eran, oiga...

Eran cuando se almorzaba entrepán, se comía paella auténtica, embutido con habas y lomo con tomate; pero hoy, con tanta clínica para controlar el peso, tiendas de alimentos dietéticos, tanto desmayo calmado con chicle sin azúcar y té frío con sacarina, las valencianas ya no son como antes. Arrastran el tópico como una maldición.

Cuando da rubor que en la boutique se excusen con que «únicamente tenemos hasta la talla 40, o a lo sumo la 42», y alaban con la frase: «¡qué maravilla de esqueleto, qué sugestivo», una mujer puede hundirse en la depresión y salir de allí al reflexionar: «de seguir hambrienta, un día morderé a uno de esos niños tostaditos que duermen en su coche, o a los de la playa, que deben estar salados como los cacahuetes...»

Sin embargo, para consuelo de quienes perdieron la esbeltez poco a poco, y huyen de los espejos y de las básculas, en lo alto de nuestros edificios, coronando fontanas y como ornato en parques, se encumbra a la matrona, a la mujer de piernas como robustas columnas (las romanas de Moravia), muslos inacabables, vientre reclamando maternidad y cintura apenas marcada.

Son las figuras que sostienen cántaros en la cabeza o sujetan la túnica con la pudibundez y la discreción que las buenas costumbres imponían.

Así contemplamos la figura de la calle San Vicente, 82. Sobre un pedestal, proclamando unas modas y unos modos, se alza el desnudo que necesitaría por lo menos una talla 48 o quizás una 50.

-Y tan feliz.

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