Once suicidios cada día

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

A raíz de la muerte de Miguel Blesa se está hablando más que antes sobre las razones que pueden llevar a que una persona se vea en un atolladero existencial y no acierte a vislumbrar mejor salida que quitarse la vida. Los especialistas se pronuncian sobre las diversas causas que influyen en tan tramáticos desenlaces, motivos que más o menos alcanzamos a intuir aunque seamos legos en la ciencia que escudriña el comportamiento de la psique.

Dos cosas nos han impresionado de manera especial en este asunto, por lo leído y escuchado estos días. La primera, que quien decide quitarse la vida está soportando tal presión interna que acaba viendo el suicidio como una liberación. Hay que pararse a reflexionar sobre el alcance del postulado y ese resultado 'liberador'. Y hay que ponerse en el plano más humano, haciendo abstracción de todas las circunstancias previas -más o menos conocidas- que pueden desencadenar el cuadro del suicida, para acercanos algo a entender el estado en que puede llegar a sentirse una persona. Hablamos de humanidad.

La segunda cuestión que nos ha impresionado ha sido la de conocer que el número de personas que se quitan cada año la vida en España es más del triple de la cifra de víctimas mortales por accidentes de tráfico. Y todos conocemos a diario los grandes esfuerzos que se realizan para reducir las muertes en las calles y carreteras, las continuas campañas que se emprenden, las normativas de circulación que se van cambiando y perfeccionando para seguir reduciendo los dramas al volante, así como la eficacia de todo ello, que se traduce en disminuir el problema y acercarse a la meta, quizá utópica, de 'cero víctimas'.

Sin embargo, tenemos entre nosotros un problema humano y social con una entidad muy superior y apenas le damos relevancia colectiva. Lo dejamos en el plano individual, como individual es la decisión de quitarse la vida, si acaso con la lamentable e irremediable consecuencia que aflige en el ámbito familiar.

No se ven campañas informativas antisuicidios, como se hace con el tráfico; inciativas que intenten ahondar en la prevención, en la ayuda a cualquier nivel, en adiestrar a las personas del entorno de cada cual a ver con anticipación que alguien pueda encontrarse en situación de riesgo, en enseñar técnicas para adivinar la existencia del problema, así como los primeros auxilios para sacar a una víctima potencial del trance fatal.

En 1989 hubo en España 8.218 muertos en accidentes de tráfico. Desde entonces se ha ido reduciendo la siniestralidad, con pequeños altibajos, hasta situarse en 1.160 muertos el año pasado. En cambio las cifras de suicidios han ido en la senda contraria, no paran de subir; en 2.014 (último año disponible) fueron 3.910; en años posteriores pueden ser más de cuatro mil. Son 11 suicidios cada día. Y no les damos la relevancia que tienen como fracaso social colectivo para empezar a poner remedios.

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