El olvido del legado europeo de Carlomagno

PEDRO PARICIO AUCEJO

La proximidad de las celebraciones navideñas es una buena ocasión para recordar que -aun encontrándose a mucha distancia del suceso principal evocado en estas festividades, el nacimiento del Hijo de Dios- han sucedido también en estas fechas otros acontecimientos de gran relevancia histórica vinculados con aquel hecho singular. Tal es el caso de la ceremonia de coronación de Carlomagno (742-814) como emperador de Occidente, llevada a cabo por el Papa León III el día de Navidad del año 800 en la basílica de San Pedro de Roma. Renacido tras un eclipse de más de trescientos años, el nuevo imperio creado por el que fue uno de los grandes personajes de la Historia, tuvo su capital en Aquisgrán y fue de cuño latinogermánico y cristiano.

Carlomagno satisfizo así el anhelo de buena parte del solar europeo que, desde el siglo VIII, añoraba la unidad que tuvo antes de las invasiones de bárbaros y musulmanes. Siendo rey de los francos, albergó el deseo de hacer de éstos y los sajones un solo pueblo, cuya fusión permitiría soportar el peso de su Imperio. Al ser consciente del potencial de transformación social que encierra la fuerza renovadora de la espiritualidad cristiana, consideró indispensable para la consecución de aquel objetivo unitario la existencia de una comunidad espiritual: la propagación de la fe y de la civilización cristiana, con la mira puesta en la instauración de una sociedad con dicha impronta, fue el objetivo fundamental de su política, que reanimó además la vida intelectual de su tiempo.

Otorgando cohesión espiritual a la gran monarquía que había conquistado, Carlomagno no solo fue uno de los grandes forjadores de la Cristiandad medieval, sino que dio origen a una nueva etapa histórica. Como experto hombre de armas y extraordinario gobernante profundamente cristiano (se sentía responsable de la existencia de un orden social cristiano y de la salvación eterna de las personas sujetas a su imperio), fue el gran defensor de la Iglesia: protegió la persona del Papa y los Estados Pontificios; extendió el cristianismo entre sajones, frisones y eslavos; libró a algunos países del yugo musulmán; luchó contra las herejías; dio fuerza legal a los cánones eclesiásticos; favoreció la cultura eclesiástica; y fomentó la paz entre reyes y príncipes cristianos, que le reconocieron una primacía de honor, por lo que era saludado como 'Rex, Pater Europae'.

¡Pero esto sucedió hace trece siglos! Desde entonces han cambiado tantas cosas en el territorio europeo que resulta difícil percibir la impronta del legado carolingio en nuestros días. Pero dos hechos han permanecido inalterables en el devenir histórico: la necesidad de aliento espiritual que sigue teniendo la actual civilización europea y la idoneidad del cristianismo para satisfacerla. Como en el siglo VIII, la Europa de hoy tiene hambre de la herencia espiritual y cultural propiciada por Carlomagno: la insolidaridad en el bienestar económico, en la cohesión social y en la gestión democrática; la proliferación de neopopulismos y neonacionalismos; la confusión identitaria acerca del diseño europeo; la desafección de su ciudadanía; la carencia de un liderazgo moral que guíe su conducta... son algunos de los signos que denotan la premura de una remodelación europea que -más allá de intereses volátiles- se asiente sobre los valores seguros del espíritu.

En este sentido, el cristianismo no solo ha sido un elemento determinante en el pasado de Europa, sino que, por estar indisolublemente ligado a él, se encuentra llamado a seguir construyendo su presente y también su futuro, pues su suerte va unida a su identidad y ésta es inequívocamente cristiana: «el cristianismo -en expresión del profesor Orlandis Rovira (1918-2010)- le dio su ser y configuró su unidad, en la que integró bajo un denominador común a una muchedumbre de pueblos y de razas, de cultura y procedencia muy diversas, que se asentaron a lo largo del tiempo y forjaron una fecunda convivencia».

Por ello, la actual fragilidad del humanismo europeo, de su protección de los derechos humanos, de la autenticidad de su libertad, de su defensa de la dignidad de toda vida... exigen (según el Papa Francisco, que, al igual que San Juan Pablo II, fue merecedor del Premio Carlomagno) un nuevo humanismo basado en tres capacidades: la de integrar, la de comunicar y la de generar una sociedad reconciliada por medio de la responsabilidad de todos. En suma, las competencias contenidas en el mensaje evangélico.

Su eficacia para transformar internamente las costumbres de los pueblos y lograr una sociedad más fraterna ha sido avalada a lo largo de la historia en todas las culturas del mundo. Su sabiduría creadora de civilización y unión, de un orden y una justicia garantes de la paz social, de un respeto y aceptación de las personas, más allá de toda diferencia... pueden hacer realidad el ideal propuesto en el sueño del Papa polaco de «una Europa sin nacionalismos egoístas, en la que las conquistas de la ciencia, de la economía y del bienestar social no se orienten a un consumismo sin sentido, [en la que su] unidad política [esté] al servicio del hombre y sobre la que resplandezca el rostro de Dios».

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