OLOR A PIES

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Los expertos que observan la vida de las parejas con la curiosidad del entomólogo de altos vuelos confirman que la pertinaz rutina, ese devenir cotidiano, ese eterno compartir mesa y mantel, ese tropezarse por el pasillo día sí y día también, devasta el cariño y termina degenerando hasta el el apocalipsis final.

El roce no sé si hace el cariño, como algunos afirman, pero por desgracia, en muchos casos, trastorna los espíritus. Cuando las historias de amor demarran los defectos del otro nos seducen por su personalísimo toque, sin embargo luego los consideramos manías apestosas y la gracia deja de manar hasta que se convierten en insoportables. La convivencia erosiona incluso en los breves viajes. La de amistades que se rompen durante esa semana en principio placentera. A determinadas edades, conviene escoger la compañía incluso para un fin de semana. Por eso me pregunto cómo lo llevan Puigdemont y sus consellers mariachis allá en el brumoso y aburrido exilio. Al principio, vale, la adrenalina se dispara y la tensión del trance te mantiene en forma. Pero conforme caen las jornadas sospecho que la evolución igual se desliza hacia el hastío, el fastidio, el mosqueo, la melancolía, la sensación de fracaso, incluso de olvido. Y encima aguantar la charla del otro, porque en estos casos se opina y se discute y florecen los rincones oscuros de las personalidades. A estas alturas no sería de extrañar que los valerosos exiliados que salieron de su amada tierra en plan película de serie Z anden en plena fase de Gran Hermano. O sea, maquinando estrategias alambicadas y alianzas quiméricas allá en un casoplón de ringorrango que, vaya hombre, empieza a destilar el perfume agrio del típico olor a pies. Lástima que nadie grabe con cámaras las andanzas domésticas de esta tropa. Sería un éxitazo de audiencia.

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