Esos ojos en la noche

Eran más de doscientos y organizaron una competición de cien metros lisos en el paso fronterizo del Tarajal

LORENZO SILVA

Mírenles a los ojos. Los tienen desorbitados, muy negros sobre el fondo blanco que enmarca el contorno oscuro de sus párpados. Son ojos de euforia, de incredulidad, de acabar de descubrir que la solución era tan espectacularmente sencilla. Eran más de doscientos y organizaron una competición de cien metros lisos en el paso fronterizo del Tarajal, en Ceuta. Con salida en África, en lo oscuro, y llegada en Europa, donde la luz. Demasiados corredores, demasiados pocos policías para placarlos: éxito en toda regla. Todos los records y todas las medallas de Usain Bolt son nada al lado del trofeo que sus émulos acaban de ganar, tras saltar desde lo hondo del abismo a lo alto del acantilado donde pueden al fin avistar el horizonte.

Ocurre de noche, al abrigo de esa oscuridad que para ellos es su casa y en la que nosotros seríamos, somos tan torpes. Tenían todo el tiempo del mundo para ingeniarla y dieron con la forma de burlar a nuestros vigilantes; a esos hombres que apostamos en la valla para que miren cara a cara por nosotros al rostro de la miseria, para que forcejeen con ella si es preciso y para que, si algo no sale del todo bien, se coman el oprobio en nuestro nombre, mientras se les señala con el dedo por no haber sabido hacerlo con más finura.

Pasaron. Ahora están del otro lado, y empieza el laberinto administrativo que en la mayor parte de los casos conducirá a una orden de expulsión. Pero no sucederá rápido y no hay en los centros de internamiento plazas para todos: antes o después circularán por nuestras calles, se buscarán la vida, y seguramente se las arreglarán para encontrarla. Como sea. Todos ellos dejan a la espalda algo peor, un interminable pasillo de puertas cerradas en el que iban a consumirse sus días. ¿A alguien le extraña que quieran sumarse al festín, colarse en esa casa llena de ventanas que les cuentan que es la nuestra? Aunque eso no sea verdad, aunque todo lo que les espere sea ocupar el último puesto de la cola, el desprecio, nada.

Vamos a prescindir por una vez de los lugares comunes. De que no podemos salvarlos a todos (lo sabemos) y de que es inhumano que habiendo como hay para todos unos tengan tanto y otros tan poco (lo sabemos, y no lo supimos cambiar). La Historia nos ha hecho un regalo explosivo, esa valla que separa lo más pobre de lo más rico, y nos condena a recibir el asalto continuo de oleadas de infortunados. Estamos en primera línea y, más allá de pedir dinero para reforzar la valla a nuestros socios europeos, no estaría de más que tomáramos algún papel activo para empezar a construir la esclusa que modere el desnivel, que aplaque el ardor con que los dueños de esos ojos oscuros huyen de la tierra de sus padres y se fijan como meta mayor de sus vidas poder convertirse en nuestros parias.

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