¿Y quién se ocupa de mi pensión?

Sala de máquinas

Mal está perder parte de los derechos y prestaciones vigentes, pero es mejor que la irresponsabilidad de dejar hundirse el sistema

¿Y quién se ocupa de mi pensión?
Señor García
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Publicado en la edición impresa del 5 de noviembre de 2017.

Cataluña y sus daños colaterales. Enormes y no poco numerosos. Los gravísimos asuntos públicos que están aparcados o incluso olvidados ante la ruptura separatista. Uno de los principales políticos de la vida nacional confesaba esta misma semana en privado: «mi impresión es que en esta legislatura ya no hay más tema que Cataluña y cuando se encare lo de Cataluña se acabó». Tiempo perdido. Y, entretanto, el ministro de Economía, Luis de Guindos, ha gastado el 80% del fondo de reserva de las pensiones, cuyo sistema entró en déficit hace ocho años. A la hucha de nuestro porvenir se le empieza a adivinar la calva. El modelo es insostenible, entró en crisis estructural, pero no oirán a ningún político ni a ningún partido ocuparse del asunto más capital para los españoles, por encima de cualquier otro.

Más allá de los grandes números, quedan dos claves fáciles de entender para comprender la magnitud del problema. 1) Las pensiones de las personas que ahora se jubilan son un 44% superiores a las pensiones que se están dando de baja en el sistema por el fallecimiento de sus titulares. 2) Los nuevos trabajadores empiezan a cotizar con unas bases un 35%/40% inferiores a las de quienes dejan de cotizar al convertirse en jubilados. Un desequilibrio extremo: los nuevos pensionistas cobran más mientras que los nuevos cotizantes pagan menos para sostener a los nuevos pensionistas. Añádase a esto, que el periodo de percepción crece gracias a la mejora de la esperanza de vida y que en las próximas dos décadas el sistema llegará a su tensión máxima, cuando la generación del baby boom abandone masivamente el mercado laboral.

Bueno, pues como si no pasara nada. Todos haciendo la vista gorda. Con el pretexto de no enfrentarse al extenso colectivo de los pensionistas, tan determinante en las urnas. Rajoy es consciente del socavón que tiene delante, pero ni le apetece ejercer de pepito grillo ni quiere meterse a la faena en solitario; primero le costaría las elecciones y después no serviría de nada puesto que el sucesor ya se cuidaría de dejar pudrir el problema tras haberlo usado como arma de combate. Sobre este tema, el PSOE de Sánchez lleva tiempo en la postura facilona, táctica: los pensionistas son sagrados, intocables. Y los de Podemos mejor que ni entren en el asunto, porque de hacerlo precipitarían la voladura de lo que todavía se tiene de pie del modelo a través de sus descabelladas teorías económicas y presupuestarias.

Las pensiones se han basado siempre en un pacto intergeneracional. Los trabajadores pagamos las pensiones de los actuales jubilados con la confianza de que los que vengan detrás hagan lo mismo con nosotros. El pacto intergeneracional se puede mantener. Ninguno de los actuales cotizantes queremos perjudicar las pensiones de nuestros padres; queden como están, intocables, porque el problema no va con ellos, sino con nosotros, los futuros pensionistas. Los jubilados de hoy que se queden tranquilos con su estatus, pero cabe exigir a los responsables públicos que se dirijan directamente a la generación siguiente, la que sostiene el sistema, los actuales cotizantes, los trabajadores de entre 35 y 55 años, para hacernos una propuesta sensata de viabilidad; al coste oportuno y con los cambios que se precisen. Siempre será preferible un esfuerzo añadido o un sacrificio limitado que la irresponsabilidad de llevar el sistema hasta su bancarrota, que es el curso que tiene tomado. Mal está perder parte de los derechos y prestaciones ahora vigentes, pero es bastante mejor que la irresponsabilidad de dejar hundirse el sistema, con consecuencias infinitamente peores. Lo dramático es que nadie, nadie, se está ocupando de nosotros, los futuros pensionistas.

¿Ha oído a Rajoy o De Guindos entrar a fondo en el tema? ¿A Sánchez? ¿Le ha escuchado algo a Ximo Puig o Mónica Oltra? ¿A Enric Morera o Antonio Montiel? Sus agendas son otras, y esas agendas resultan secundarias y hasta discutibles comparadas con el drama de las pensiones. Incluso artificiales. ¿Cómo se puede estar pensando en crear una nueva renta de inclusión con un coste de 300 millones anuales? Si ni siquiera se puede abordar al completo los programas de dependencia, si la consellería de Sanidad guarda mil millones de gasto extra en los cajones. ¿Cómo se puede estar pensando en poner otros 50 millones anuales en una televisión propagandística? ¿Cómo puede haber derrochado ese dineral el Govern de Mas y Puigdemont en su aventura separatista? ¿Cómo tira Les Corts 3.000 euros por el retrete por tres minutos de trabajo de una comisión de investigación que se reunió para nada? ¿Cómo no se ha hecho una auditoría completa a las ineficiencias y duplicidades de las distintas administraciones?

Muy al contrario, otra vez estamos en que hay que contratar más funcionarios, remunicipalizar y pagar más a los políticos para hacer esta función más atractiva. Cuando se sabe que la política es coto cerrado de los funcionarios (gracias al blindaje de sus puestos de trabajo) y de los mediocres empleados del sector privado (salvo las lógicas excepciones). Basta hacer las comprobaciones básicas. La política está mal pagada, bien, pero el 80% de los nuevos parlamentarios ganan ahora más que antes de entrar en política. O sea, en el sector privado no llegaron a tener nunca esos sueldos que ahora disfrutan; en la política encuentran mejores salarios, no peores. ¿Quizás pueda ser un aliciente: un destino más atractivo y generoso del conseguido en la economía productiva? Y basta rastrear el perfil habitual de los nuevos concejales; gente talludita, nada de jovenzuelos imberbes, cuarentañeros justitos de estudios y sin apenas historial de cotización a la Seguridad Social detrás; profesores asociados con una hora de clase a la semana, asalariados de una ONG, beneficiarios de una beca o un proyecto o una subvención, emboscados en los partidos... Humo, nada tangible, ni real. O chupaban de la parapolítica o eran profesionalmente irrelevantes. Nada que tenga que ver con trabajar cuarenta horas, con su cotización, en competencia con otras empresas y otros colegas, y prosperar lentamente, arraigadamente, por el escalafón laboral. Aprendiendo. Esta gente es la que no suele llegar a la política, quizás porque no les merece la pena, o porque los electores premian la demagogia blanda de tantos pillines y listillos, y desde luego porque los partidos están conformados para reclutar su cantera a modo de funcionariado interno, con criterios de selección y méritos ajenos por completo a los de la vida civil.

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