Otro 1 de Octubre

EDUARDO BENLLOCH GARCÍA

Aunque parezca que el próximo día 1 de octubre (1-O) sólo va a pasar una cosa, por desgracia notoria y de posibles graves consecuencias para la ciudadanía de nuestra Patria, en el mundo van a pasar muchas otras cosas y, entre ellas, la celebración del Día Internacional de las Personas Mayores que, instituido por la Asamblea General de las Naciones Unidas en diciembre de 1990, tiene por objeto reconocer la contribución de los adultos mayores al desarrollo humano y económico, así como resaltar las oportunidades y los retos asociados al envejecimiento demográfico mundial. Me voy a permitir la licencia de olvidarme de los sediciosos y volver la mirada hacia los que han hecho posible que nuestro país haya tenido uno de los periodos mejores y más provechosos de nuestra historia reciente.

Sí, han sido las personas que ahora son 'mayores' las que hace cuarenta años, en plena juventud y en plena posesión de sus responsabilidades, optaron por una Transición política que ha permitido las libertades y el desarrollo del que hasta ahora hemos disfrutado. Pero ahora toca reflexionar no sobre lo que hicieron sino sobre lo que son ahora, lo que representan para la sociedad y la función que desempeñan en la misma.

Las diversas sociedades y civilizaciones han encarado el problema del envejecimiento de formas diferentes, dependiendo de su cultura y su forma de vida, tan dispares que van desde la eliminación física de los ancianos improductivos, a la consideración reverencial como depositarios de la memoria de la tribu - a falta de testimonios escritos-, o la posición de poder como poseedores de la experiencia y la propiedad de las tierras, o su utilización subalterna como cuidadores alternativos de los niños pequeños de la tribu o de la familia. Sus posiciones sociales han variado desde la integración plena en familias extensas (patrilocales o matrilocales) con convivencia de varias generaciones, hasta la minusvaloración como personas no productivas y difíciles de encajar de las familias nucleares (novilocales), solamente constituidas por el padre y/o la madre y los hijos, en las que los adultos de la familia deben realizar trabajos externos que conllevan dificultades para conciliar la vida familiar y aún para proporcionar cuidados continuados a su prole.

En este último tipo de familia, el más habitual en nuestro entorno, es donde -sin poner en duda la existencia en la mayor parte de los casos de auténtico amor filial - aparecen los problemas que una buena parte de los ancianos tiene en la actualidad. La soledad, el esfuerzo por mantenerse autónomos a pesar de sus achaques, la precariedad económica, la necesidad de cuidados personales de difícil provisión, y finalmente la dependencia que aboca a los más mayores a su paso a una institución si los hijos por sus circunstancias personales, laborales, económicas o residenciales (o una mezcla de todas) no son capaces de articular una forma estable de cuidados familiares, con todas las dificultades y sacrificios que conllevan.

En el peor de los casos no pocos mayores sufren formas no menores de discriminación social y en casos extremos abusos físicos y psíquicos. Se estima que estos abusos son comunes, y que afectarían a un 10% de los ancianos institucionalizados y que pueden presentar diversas formas : amenazas, abusos verbales, agresiones físicas, agresiones sexuales o invasiones de la privacidad, y suponen un grave problema social e incluso de salud pública (Ann Intern Med 2016, 165: 288) que requiere atención por parte de las autoridades para su prevención mediante la instauración de métodos adecuados de inspección y vigilancia. Es indudable que estas formas de abuso también se dan en los mayores no institucionalizados aunque sea más difícil de objetivar y cuantificar, y luchar para prevenir, evitar y erradicar estas conductas es una importante tarea educacional y de concienciación social.

En esta sociedad de familias alejadas físicamente, los mayores han vuelto a tener una función relevante como cuidadores alternativos de sus nietos, función que se ha hecho más necesaria e incluso imprescindible con la crisis económica que ha mermado recursos a las familias para la contratación de cuidadores externos. Su labor altruista aporta unos beneficios aparentemente intangibles, pero no inestimables pues es fácilmente convertible en horas laborales aportadas ni impagables, aunque no sea en moneda de curso legal, al cubrir el hueco que el trabajo externo de los adultos jóvenes - por lo general en nuestra cultura tradicional la mujer joven trabajadora- dejan en el hogar.

No ha sido menos importante en los últimos años, con la lacra del paro, el cambio de posición en la familia de los mayores que en muchos casos han pasado de ser miemb de forma casi testimonial ros inactivos de la familia en la que conviven, a la que aportaban parte de su pensión, pequeña o grande según posibilidades, a ser con su pensión el soporte fundamental de la familia en la que los adultos jóvenes estaban, o están, en el paro. De esta aportación al núcleo duro de la familia, se habla poco y se agradece menos, pero es real, está ahí y la sociedad debe reconocerla a sus mayores. Sin su aportación la crisis hubiera sido mucho más grave y dura. El Papa Francisco dejó dicho: «Cometemos una injusticia con los ancianos, los dejamos de lado como si no tuvieran nada que darnos» (JMJ Rio, 23.7.13), salvo que los necesitemos y tengamos que echar mano de ellos, aunque luego no nos sea tan fácil devolver lo que nos han dado en los momentos en que por su soledad o su dependencia necesiten de todos, primero y fundamentalmente de la familia, y luego de forma vicariante de toda la sociedad.

Pasar de la reverencia o el respeto a los abusos parece un abismo, pero en realidad es una pendiente por la que se resbala poco a poco con demasiada facilidad. Para evitar esta deriva es bueno que celebremos el día 1 de octubre, pase lo que pase en otro orden -o desorden-, una jornada de reflexión por nuestros mayores (y perdonen que arrime el ascua a mi sardina, que yo ya estoy incluido en ese grupo).

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