Las ocho plumas

Una pica en Flandes

Braveheart jamás se habría largado en el peor momento. Washington o Bolívar nunca votarían la independencia sin revelar su voto

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Carles Puigdemont pasará a la Historia por ser el político más cobarde en lo que llevamos de siglo XXI. Hoy no me fijo en su ideología ni en el daño que con su torpeza haya causado a España, en general, y a Cataluña, en particular. No, esta vez quiero centrarme en el personaje, en el hombre bajo el gorro de piel de oso, en el sujeto que tirita metido en el traje de rebelde presidente de la república catalana. Llegada la hora más grave del independentismo, el del pelo ha resultado ser un miedoso y no el líder que se esperaba. Su deserción y su deslealtad con los compañeros han dado un final fullero a la peripecia pública que protagonizó. Recién escondido en Bruselas, el viceprimer ministro belga le dijo: «Cuando alguien llama a la independencia, debería quedarse con su pueblo». Ya. Pues a Puigdemont le vemos tomar cafelitos en la Grand Place mientras sus colegas comparten celda con un preso de confianza en la cárcel. Sálvese quien pueda, ¿eh, Carles?

Llegó a la presidencia por casualidad, no era más que el número tres de la lista de Gerona. Dirigió un gobierno con objetivo único: Romper España. Desatendió cuantas advertencias de estar violando la Constitución le opusieron letrados y magistrados. Y, sin embargo, a partir del referéndum ilegal, cuando el delito ya estaba maduro, todo en él fue huir. En vez de anunciar la independencia, apenas la insinuó y, deprisa, la dio por suspendida. Intentó negociar su inmunidad a cambio de silbar y convocar elecciones autonómicas. Traspasó al Parlament el peligroso honor de proclamar la república. Votó la secesión, eso sí, en secreto. Y, finalmente, se escapó por la noche como un adolescente, dejando una foto falsa en Facebook. Por su culpa, la juez ahora aprecia riesgo de fuga en el resto de implicados y los envía provisionalmente a prisión. Entre tanto, nuestro evaporado Puigdemont, se atraca de mejillones con patatas fritas en Place Jourdan y manda abrazos por Twitter a las familias de los detenidos. En ningún sitio se ha visto ridículo mayor.

Braveheart jamás se habría largado en el peor momento. Washington o Bolívar nunca votarían la independencia sin revelar su voto. Borges tiene un cuento, llamado 'Tema del traidor y del héroe', en el que un traidor es sacrificado para que parezca un héroe. Aquí ocurre al revés, los héroes se sacrifican para que no se descubra la traición. Puigdemot en Bruselas está ganado tiempo, a la espera de un milagro que lo salve a él, punto final. Las interpretaciones de sus seguidores sólo son excusas nacidas de la vergüenza y la desolación.

Si me lo encuentro, admirando que el Atomium tenga bolas, por ejemplo, me ofrezco a entregarle ocho plumas de gallina, una por cada uno de sus consellers privados de libertad por su evasión. El capitán siempre abandona el barco en último lugar, excepto en el Costa Concordia y en el 'procés'.

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