El número 1

Arsénico por diversión

España es una potencia mundial en trasplantes y eso está por encima de siglas políticas, se trata de un ejemplo de buena gestión

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Somos una potencia mundial. No hablo de fútbol ni toros. Aunque lo seamos también en eso. Me refiero a los trasplantes. España es el número uno. Y lleva ya más de un cuarto de siglo en la primera posición. Lo decía ayer la ministra Dolors Montserrat presumiendo de haber conseguido un 30% de incremento en el número de donantes durante los últimos tres años. Y entre todas las comunidades de España, la Valenciana es la que más ha aumentado su cifra de donantes, y el Hospital La Fe, el que mayor número de trasplantes hizo en 2017, un 7% del total. Somos el 'number' 1.

Afortunadamente es uno de los pocos datos con el que no se puede hacer electoralismo ni lo han hecho nunca los distintos gobiernos. España es líder en trasplantes con el PP y con el PSOE; con Ana Mato y con Dolors Montserrat; con un rey y con el otro; con Aznar y con Rajoy; con Ronaldo y con Messi. Es algo que está por encima de todo eso.

No es cuestión de siglas. Ni serviría de nada atribuirlo a una responsabilidad u otra. Es ejemplo de una buena gestión, de constante concienciación y de un apoyo de los medios de comunicación, que no dudan en difundir las historias de generosidad y vida que hay detrás de cada trasplante. Es una acción coordinada y coral que no mira la adscripción política, el beneficio electoral ni los juegos de poder y estrategia. En definitiva, es el modelo de lo que debería ser la política en materia sanitaria, educativa y social. Para todo lo demás, como dice el anuncio, ya está lo que está. Pero en estos temas que son universales, imprescindibles y nucleares en la vida de todas las familias, deberíamos exigir a nuestros gobernantes el mismo sentido común y la misma diligencia que en relación a los trasplantes: dejar hacer a los expertos que saben de ello, sin injerencias políticas ni cicatería moral o económica. Y congratularnos todos, de un color u otro, cuando las cosas van bien y ayudan a la gente a vivir en mejores condiciones.

Se echa en falta un compromiso entre los partidos políticos para dejar lo social al margen de la disputa. Es una utopía. En estos tiempos en los que apenas hay margen para lo económico y lo político está desprestigiado, y ambas esferas están sometidas a las estrategias globales, sólo queda la política social para hacer eso, política. Por eso se convierten en armas electorales los dependientes, las residencias de adultos mayores, los gestión de los hospitales, las mareas blancas o los centros de menores. Todo lo que debería concitar el acuerdo, el pacto y la política transversal, sobre todo, a larguísimo plazo, consensuada y respetada por todos, sin bandazos ni aprovechamiento económico o político y con vocación de permanencia, hace aguas. Lo mismo sucede con la educación. El problema, -lo diga Ulises o su porquero; nos fiemos o nos riamos de PISA- es que al final lo de menos es el bien común. En los trasplantes lo respetamos. ¿Por qué no en todo lo demás?

Fotos

Vídeos