LA NUEVA Y VIEJA MEDALLA DE MONTANER

El dopaje sigue reescribiendo la historia del atletismo y dando con retraso la gloria que merecía la valenciana

LA NUEVA Y VIEJA MEDALLA DE MONTANER
Fernando Miñana
FERNANDO MIÑANA

A Concha Montaner la conocí cuando era una adolescente. Tenía 16 o 17 años. Era muy rápida, flaquita y tenía un tobillo portentoso. En su etapa como júnior arrasó con todo. Llamabas a Rafa Blanquer, su entrenador, antes de las competiciones, le preguntabas por ella y te anunciaba que si querías ver un récord de España, que fueras a la pista. No solía fallar. Cada invierno saltaba en pista cubierta lo que había saltado al aire libre el verano anterior. Y, brinco a brinco, elevó el récord de España júnior hasta 6,50 bajo techo y hasta 6,64 al aire libre. Tiene también unos 6,79 ventosos (+2.5 m/s). Marcas que anunciaban con altavoz un futuro grandioso.

Era una niña prodigio, un talento como no había salido otro en Valencia. La 'perla del Turia' empezó a llamarla algún periodista con no mucha imaginación. Era la reina del foso. Llegaba a las pistas con unas trencitas que su madre había elaborado pacientemente en casa, en L'Eliana, y en la grada se sentaba media familia a ver la última maravilla de la niña. Ella era atrevida gracias al combustible de los éxitos y los récords y parecía no tenerle miedo a nada.

En el verano del año 2000 viajó a Sídney para disputar sus primeros Juegos Olímpicos y, semanas después, en dirección contraria, a Santiago de Chile, donde se celebraba la competición que coronaría su fastuosa etapa como júnior, el Mundial. Allí se proclamó campeona e inscribió su nombre junto a otras mujeres que harían historia en el atletismo como las saltadoras Blanka Vlasic y Yelena Isinbayeva, velocistas como Veronica Campbell o Jana Pittman, o la heptatleta Carolina Kluft. España logró otras dos medallas en aquel Mundial júnior, una del decatleta David Gómez y otra del ochocentista Antonio Reina, quien, curiosamente, acabaría casándose con su hermana años más tarde.

Concha era tercera después de cinco saltos, pero en la última ronda llegó hasta 6,47 y le arrebató el oro a la china Yangxia Zhou por dos centímetros. Aquello fue el 18 de octubre y días después regresaba a Valencia. Acudí a su casa en cuanto aterrizó en un día de lluvias torrenciales y prácticamente la saqué de la cama. Abrió los ojos y proclamó: «Yo no soy la sustituta de nadie». La saltadora se refería a Niurka Montalvo, que el año anterior se había proclamado campeona del mundo y con quien los periodistas, por aquello de compartir entrenador, nos empeñábamos en comparar.

Ese mismo año, en los Juegos por los que Montaner pasó de puntillas (tres nulos), Marion Jones ganó la medalla de bronce en la final de longitud, pero el escandalo del dopaje arrambló con ella y, qué cosas, aquel trofeo cayó en las manos de una atleta rusa, Tatyana Kotova.

Después de la exuberante etapa júnior, Concha sufrió, creo yo, las enormes expectativas que desde entonces le persiguieron y en muchos campeonatos se marchó derrotada y frustrada. Y cuatro años más tarde, Odriozola se llevó a los Juegos de Atenas a Niurka en lugar de Concha, que había saltado un centímetro más esa temporada, por recomendación de Blanquer, que apostó por la fiabilidad de la triple medallista en Mundiales. Aquello zarandeó al grupo y Venancio José Murcia acudió una tarde al módulo de la Petxina a comunicarle a Blanquer que Concha, su pareja, se marchaba.

La ruptura le vino bien y de la mano de Pepe Peiró, su nuevo técnico, llegó su renacimiento. Saltó 6,92 en 2005 y al año siguiente, en el Mundial 'indoor' de Moscú, con temperaturas por la noche de -15º, volvió a ser la Concha de Chile y en su último salto hizo 6,76 (a dos centímetros de su marca de siempre), el mismo registro que Naide Gomes, que batió el récord de Portugal y que se llevó el bronce porque había hecho, a diferencia de la valenciana, dos saltos más por encima de 6,70. Concha se quedaba muy cerca de las medallas que sí lograron sus amigas Ruth Beitia y Glory Alozie.

El triunfo en aquella final fue para Kotova. Sí, la de Sídney. Una atleta que apestaba a tramposa, que cuatro años antes había firmado una marca (7,42) que, más allá de ser la mejor del siglo XXI, transportaba a los tiempos de la sucia Europa del Este. Años después fue descubierta y le arrebataron todas las medallas de 2005 y 2006, con lo que los puestos del Mundial de Moscú corrían y dejaban tercera a Montaner.

La atleta de L'Eliana tiene 37 años y esta semana le han notificado que durante el Mundial de Birmingham recibirá su medalla en una ceremonia. Llega tarde y, aunque alegra, remarca la pútrida presencia del dopaje.

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