La nueva política también va de dedos

PEDRO ORTIZ

La historia, la historia chunga, se repite por desgracia para los valencianos y para la política honrada. También estos de ahora, los que se autodenominan del cambio, ponen trampas a la ley para hacer o hacerse favores. El concejal de Cultura Festiva de Valencia (no hay forma de acostumbrarme a las nuevas denominaciones de las concejalías, no hay forma), Pere Fuset, ha sido llamado a declarar por el juez en calidad de investigado, lo que antes se llamaba imputado y más antes todavía acusado, aunque los expertos distingan matices. Se le acusa, se le imputa, se le investiga porque supuestamente se ha dedicado a trocear contratos para dárselos a una misma empresa sin necesidad de concurso.

Las aguas enfangadas también alcanzan al Consell, donde el 80 por ciento de sus adjudicaciones se hacen tirando de dedo. No he mirado quiénes han sido los beneficiados, pero seguro que no son precisamente adversarios de Oltra, Alcaraz y Marzà, los consellers puestos en entredicho por la Sindicatura de Comptes. O sea, la vicepresidencia, que ahí es nada, el conseller de Transparencia (o así), al que se le acusa de falta de transparencia, y Marzà, que está en todas las salsas.

Ya se imaginan las respuestas de todos ellos y de sus socios políticos: que ellos no saben de investigación ninguna, que confían en sus colaboradores, que la cosa forma parte de una estrategia del PP, etcétera, etcétera. Lo de siempre. Lo que parecía propio de los otros resulta que es de todos.

Mientras, los grandes jefes, el alcalde de Valencia y el president de la Generalitat, oyen llover dedazos como si con ellos no fuera el asunto. Sí, exactamente igual que los de antes. Y a Puig le sale su vena populista y dice que el PP no tiene autoridad para hablar de corrupción en Alicante porque los dos anteriores alcaldes del PP están en el banquillo, como si no pudiera darse el caso de tres alcaldes seguidos incumpliendo la ley.

Dicen que las elecciones no las gana un partido, sino que las pierde el otro. En la Comunidad Valenciana, el PP perdió la mayoría absoluta arrasado por la crisis y los casos de corrupción. Los valencianos prefirieron aguantar el cacareado País Valenciano, aguantar el nacionalismo exacerbado y tantas veces catalanista, aguantar tantos tics, aunque ciertamente no se creyeran tan potentes, de guiños a la República, a las reinas magas o al postureo transversal, inclusivo y sostenible. Soportar lo que fuera con tal de tener por fin cuentas claras, manos limpias y contratos diáfanos. Tanto habían insistido el PSPV, Compromís y Podemos en regenerar las instituciones que la mayoría de los valencianos se lo creyeron. Para, tan pronto, encontrarse con las dos tazas de caldo: con los tics maniáticos sospechados y con el olvido de la regeneración prometida en las camisetas de la ahora vicepresidenta.

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