Otra nota al margen

VICENTE L. NAVARRO DE LUJÁN

No es fácil exponer lo que quiero transmitir a lo largo de las líneas que siguen, porque debería ser objeto de un estudio sociológico más denso de lo que permite un artículo periodístico, pero en definitiva lo que deseo someter a la consideración del lector es un hecho peculiar de nuestra vida política y cultural, que tiene similitudes con la realidad francesa, pero que dista mucho de lo que acontece en países del centro y del norte de Europa.

Me refiero a lo siguiente. En las dos últimas décadas se ha instalado entre nosotros la idea de que la izquierda goza de una cierta superioridad moral e intelectual en todos los ámbitos, presupuesto ideológico que pocos se atreven a poner en cuestión. Como mucho, algunos no ponen en duda la aportación que el centro derecha tuvo en el proceso de transición política de los años setenta, pero ya no comprenden cómo en el año 1996 pudo llegar Aznar al gobierno, a pesar de las tropelías delictivas en las que habían incurrido no pocos dirigentes de la última etapa del felipismo, ni tampoco les entra en la cabeza cómo Zapatero pudo perder el poder en 2011 a manos de Rajoy.

En el fondo, en ciertos espacios mediáticos y políticos se ha instalado la idea -ciertamente totalitaria- de que la única legitimación admisible para gobernar España le corresponde a la izquierda, de suerte que los periodos de gobernanza de los otros constituyen una excrecencia de lo que debería ser la vida normal del país. Lo malo es que esta peregrina idea no sólo anida en la mente de nuestra izquierda, sino que llega a infectar la cabeza de los propios dirigentes del centro y la derecha quienes, cuando gobiernan, lo hacen con un cierto complejo de inferioridad, sin atreverse a tocar temas fundamentales que configuran el ser y futuro de la sociedad.

Así, cuando se analiza el clamoroso fracaso de nuestro sistema educativo, constatado por entidades de ámbito supranacional, las miradas hoscas de la progresía se dirigen a la derecha política, cuando la realidad es que de las siete leyes que han regulado el sistema educativo en la democracia sólo tres fueron hechura del centro derecha (la LOECE, de UCD, que nunca llegó a estar en vigor, la LOCE, inmediatamente derogada cuando Zapatero llegó al poder, y la LOMCE de Wert, imposibilitada de aplicación por la oposición), mientras que las normas que han configurado nuestro balbuciente desastre educativo, porque sí fueron aplicadas (LODE, LOGSE, LOE), son obra vigente de gobiernos socialistas, pero cuando se analiza el fracaso del modelo nadie se acuerda de ello, sino que se recurre a eslóganes demagógicos -la enseñanza de titularidad pública es, por definición incontestable, buena, mientras que la concurrencia de otros modelos es, sin duda, mala-, con apriorismos ideológicos que no encuentran debate contradictorio ni en los medios de comunicación ni tampoco en una sociedad civil, que lleva camino de ser engullida por el 'agip prop' de estos genios de la comunicación manipulada.

Apenas llegado Zapatero al poder, su primera medida, además de la retirada de tropas en Oriente, fue derogar la LOCE, sin que nadie pusiera en cuestión su legitimidad para hacerlo, pero cuando llegó Rajoy al poder en 2011 ni por un momento se le ocurrió reformar o derogar la malhadada Ley de la Memoria Histórica de Zapatero, que tantos males ha causado respecto de una convivencia pacífica conseguida en los tiempos de la transición, y que muchas llagas ha vuelto a abrir sin aportar nada positivo a nuestra cívica convivencia; ni tampoco, pese a haber sido una promesa electoral, se atrevió el nuevo gobierno a modificar la Ley 2/2010 que permite el aborto libre hasta las catorce semanas de embarazo.

El centro derecha español sufre un enorme complejo de inferioridad moral respecto a ciertos postulados de la izquierda, aun cuando la realidad constatada es que determinadas propuestas de ésta, como el fiasco de la alianza de civilizaciones de Zapatero en contraste con la realidad de la amenaza terrorista que vive Europa, entre otras latitudes, o el disloque de la política económica del mismo dirigente, que nos sumió en la más profunda crisis vivida en los últimos tiempos, o su suicida actitud con el tema catalán, cuyas nefastas consecuencias ahora vivimos.

Ese mismo complejo absurdo de inferioridad respecto de las tesis u ocurrencias de la izquierda militante, lo vivimos en la cotidianeidad de la política autonómica o local. Que a un grupo de indocumentados se les ocurra quitarle una calle a Castán Tobeñas en Valencia (catedrático de Murcia y Barcelona, reformador de la Facultad de Derecho de Valencia y magistrado del Tribunal Supremo por nombramiento de la IIª República), y que tal acto no haya tenido respuesta adecuada de la oposición municipal (¿existe?), de nuestra Universidad o del Colegio de Abogados de Valencia, demuestra hasta qué punto andamos llenos de complejos. Como nos envainamos todos la lengua cuando a una iluminada consellera se le ocurre parir la idea de que no nacen en la Comunidad Valenciana niños o niñas, sino 'criaturas'. Algunos tienen miedo de que los tilden de 'fachas', cuando el peligro totalitario está en la acera de enfrente.

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