Nostalgia

Sobrevive lo vivo: mantener el rótulo de una relojería y vender tapas en el interior no tiene sentido

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Tomamos un avión barato, esas modernas tartanas del aire, y nos cruzamos con vecinos de Bolonia, de Praga, de Zurich o Budapest. Que buscan, en nuestra casa, aparte poder comer y beber en la calle a cualquier hora del día o la noche, lo que creen haber perdido. Los valencianos no entendemos por qué vienen, teniendo como tienen preciosas ciudades que buscamos ansiosos haciendo el camino en sentido contrario. Pero el día que unos y otros nos reunamos nos contaremos la misma decepción: todas las ciudades se están haciendo la misma, con el mismo Mango, el mismo McDonald, idénticos H&M o C&A...

A Valencia le está entrando una nostalgia nueva por los comercios que corre el riesgo de perder a manos de una 'modernización' que lo iguala y estandariza todo. A la generación activa, la que ahora está en la flor de la edad, le vienen las misma añoranzas que sus padres sintieron hace cuarenta años, cuando ya se presentó otra oleada de cambio propiciada por los grandes almacenes, los hipermercados o los cines de estreno que emigraban al extrarradio. Pero al final de los veinte, ya se había vivido otra ola de alarmado deseo de protección, dictada al compás de otras nostalgias...

La ciudad, obligada a hacerse y rehacerse sobre sus cenizas y despojos, no es más que eso: la nostalgia por el ultramarinos que se fue, el café que derribaron, el horno donde la abuela llevaba la cazuela de barro... Suspiramos por el Lírico y el Ideal Room, pero tampoco hemos conservado ni Woody ni La Pequeña Cocina. Por añorar, añoramos hasta las murallas perdidas, a pesar de que los valencianos que soportaron vivir entre murallas solo querían que se derribaran de una vez para dar entrada a la brisa del mar en una ciudad que olía a alcantarilla y excrementos de diez mil caballos.

Conservar comercios, protegerlos, es una muy buena idea. Y proteger la huerta, también. Lo que ocurre es que en el camino se nos presenta el dilema de la verdad y su falseamiento. Mantener la fachada de una vieja relojería para luego vender mojitos o pinchos de tortilla en el interior es un modo de engaño. El problema que no se afronta, sin embargo, es la muerte del reloj mecánico. Tampoco afrontamos definiciones articuladas de modo imposible: 'Tomates del Perelló', 'Gambas de Denia', 'Huerta de Valencia'.

Valencia detesta y prohíbe la caza pero deplora el cierre de una armería. Más allá de las recreaciones infantiles -vender verduras en una plaza convertida en 'sequer d'arròs'- una parte del Ayuntamiento nos está invitando a todos, con este plan de protección del comercio, a una interesante reflexión sobre lo esencial de nuestra ciudad. ¿En torno a qué lo fijamos? ¿Cuáles serán sus premisas? Sobrevive lo que está vivo. Mantener el rótulo, solo eso, del viejo cine Metropol, es una prueba de que las ciudades padecen una impotencia ante los cambios tan grave, que se recetan el falseamiento como medicina.

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