Cada Nochevieja tiene su 'procés'

Una pica en Flandes

Qué raras son las autopromesas de fin de año, nos hacen desear no ser los tipos estupendos que somos en verdad y luego se autodestruyen al mínimo contacto con la naturalidad

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

Esta vez voy en serio con mis propósitos de año nuevo. Como todos los señores papada, cuya propia imagen mental no responde a la que les devuelve el espejo del ascensor, lo primero será regresar al gimnasio y a las carreras. No corro desde lo de Brujas. Lo sabe toda Valencia, ya que las fotos del ridículo se viralizaron en el entorno de mi madre. Allí, en octubre a. P. (antes de Puigdemont), acabé la media maratón reclamando los santos óleos. Javi y Xixo, compañeros de proeza, me sentaron como pudieron en una terraza y pidieron tres jarras de cerveza helada. Sin embargo, yo, más muerto que atormentado, me dejé caer en la acera y canté lo que recuerdo de misa para templar mi espíritu. Como brotes de olivo y eso. Un señor me preguntó algo en flamenco, si necesitaba un médico, creo («doctor», dicen en esa extraña lengua), pero, claro, no le entendí. Una anciana me puso un euro veinte en la mano y, en francés: «Deja el vino». Y cuando, aceptando que mi hora aún no era, levanté la mirada, encontré a Javi y Xixo bromeando y ¡repartiéndose mi cerveza! No somos nada pensé y abandoné el deporte. Hasta hoy.

A la vez, me propongo comer sano. Sólo cosas que no me gustan, como espinacas hervidas, y, jamás, las que me gustan, tal que huevos fritos con panceta. También, tomarme el arroz caldoso (que, a partir de ahora, llamaré 'meloso', igual que en los restaurants gourmet que tienen menú degustación en vez de menú del día) y los fideos con tenedor, para ir lento y facilitar la digestión y el tránsito intestinal (el mío, mayormente). Este compromiso incluye no morder las puntas de la barra de pan reciente, renunciar a roer palomitas en el cine, evitar beber a morro de la botella de cola de litro a media noche y, sobre todo, nunca pellizcar jamón o cuadraditos de la tableta de chocolate, ni picar croquetas de los niños o patatas fritas del paquete supuestamente cerrado, a escondidas. Y no dejar la caja de galletas como si estuviera llena, cuando yo mismo me zampé la última. Voy a ser un desgraciado, pero muy feliz (se supone).

Además, me quitaré la adicción al móvil. Que nadie me envíe mensajes, wasaps, telegrams o emails, porque me mudo de la nube. Se acabó lo de sentarme en el comedor, el retrete, el sillón del peluquero o el escaño, siempre con el telefonito en la mano. Lo veo: Yo, un esclavo de internet, al fin libre. Recuperaré el olor de las flores, el brillo del sol y la sonrisa de mis hijos (si a mis hijos les divierte más mi cara que sus móviles, obvio).

Me espera un 2018 sin tacos, sin aparcar en doble fila, sin morderme las uñas, sin dormirme con la tele encendida. ¿Un 2018 sin nada? Qué raras son las autopromesas de Nochevieja, nos hacen desear no ser los tipos estupendos que somos en verdad y, luego, se autodestruyen, como locas pompas del 'procés', al mínimo contacto con la realidad. ¿Será el cava?

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