Las noches antiguas

El periodismo es una profesión privilegiada: permite escuchar todas las músicas y vivir noches por las que habría que pagar

F. P. PUCHE

Las noches antiguas parecían no tener final. Uno sentía que, superada ya la hora de los golfos oficiales, el tiempo era una dimensión que solo afectaba a los mortales. El periodista -te decías orgulloso- trabaja de noche, y no tiene horas, porque vela por el bien de la sociedad. Solamente algunas profesiones sagradas -panaderos, maquinistas, tripulaciones de Jumbo- tienen ese privilegio heredado de los ángeles de la guarda sin horario de oficina. Y si tú estás aquí, trabajando de noche, es porque estás horneando el pan tierno de las noticias sabrosas de mañana.

La realidad no siempre se correspondía con el ideal. Pero nos mantenía, ay, un sentimiento de pertenencia antiguo. Una disposición que el periodismo compartió con los seminaristas hasta el Concilio: le llamaban vocación y se marchitaba enseguida por falta de riego. Periodistas y periodismo de noches antiguas, con Jorge Cafrune o José Corts Grau, con Ovidi Montllor o Vicente Vidal Corella en tertulias sin reloj cocidas al vapor de tinta negra y tabaco rubio. Trabajabas en la redacción de un periódico; y había días en los que pagar por escuchar y ver lo que pasaba a tu alrededor hubiera sido lo más justo.

Tantos años después, siempre recuerdas en positivo aquellas trapisondas del periodismo. Los malos tragos, las equivocaciones, aquellas tensiones, las noticias más horribles, se olvidan con el tiempo. Y te conformas con la recompensa humilde de poder disfrutar calles regadas para ti o panecillos recién sacados del horno. Recuérdalo bien: estabas contando la vida nada menos. Eras un privilegiado que escuchaba todas las músicas; todas tenían que ser para ti igualmente respetables, pero también razonablemente lejanas. Nunca debías bailar al son que pretendían tocarte, pero siempre debías afinar el oído, en un intento de ser fiel reproductor de melodías que interpretaban los otros. Te dedicabas a trasladar las músicas lejanas de la sociedad entera.

«Por las noches antiguas y la música lejana». El autor de la novela 'Los puentes de Madison County', Robert James Waller, pone en boca de su protagonista, un reportero baqueteado que de repente encuentra su amor en una granja lejana, un brindis que hoy quiero usar para dar las gracias después de cincuenta años.

Porque han decido concederme un premio periodístico, un premio a la Trayectoria Profesional, y yo veo en ello la ocasión de oro para escribir sobre una adorable profesión ante la que no siempre tiene uno la educación de pararse para saludarla con respeto y gratitud. Claro que la profesión, ese periodismo de noches intensas y melodías inolvidables, no es nada si no hay un público seguidor.

De modo que es el momento adecuado para dar las gracias al lector, a los que han seguido con lealtad años y leguas de periodismo y a los que continúan siendo fieles al periodismo de papel, el de toda la vida, al que me siento felizmente atado. «Por las noches antiguas y la música lejana», gracias.

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