El ninot de la gorda

Me preocupa que el impulso que quieren darle las autoridades a la igualdad en las Fallas sea un empujón artificial

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

La verdadera igualdad de las Fallas llegará cuando las mujeres pirotécnicas no disparen el día de la Mujer. Cuando lo hagan el 19 de marzo o el 1 o cualquier otro día. O varios días. Porque hasta ahora su presencia entre los maestros de la pólvora es más bien simbólica. Igualdad será que ninguna comisión se plantee si una artista fallera lo hará bien solo por ser mujer o si es mejor contratar a un hombre, y, desde luego, que las mujeres planten también en la Plaza del Ayuntamiento. Sea al tombe o no sea al tombe. Igualdad es ya la presencia de féminas en la presidencia de las comisiones -y no solo porque falten candidatos, sino por convicción-, y en la Junta Central o en los jurados de los monumentos. Igualdad es que los padres lleven el carrito del bebé, o al nene dormidito en brazos, durante la ofrenda, como ya se ve. Igualdad será que la concejala y presidenta de la Junta Central Fallera sea una mujer.

Las Fallas tienen mucho camino por recorrer para lograr la igualdad y ahí les doy la razón a quienes ven el lento acceso de las mujeres a todos los puestos importantes de la fiesta como una muestra más de lo que ocurre en la sociedad. No es distinta la fiesta del resto de las realidades sociales. Es cierto que hay más hombres artistas que mujeres y pirotécnicos que pirotécnicas pero las que hay, y sobre todo las que quieren serlo, deben visibilizarse. Que las chicas de quince años sepan que pueden llegar a ser grandes artistas falleras o virtuosas de la mascletà y el castillo de fuegos artificiales.

Sin embargo, me preocupa que el impulso que quieren darle las autoridades a la igualdad sea un empujón artificial. Flaco favor se haría si se quisiera acelerar a la fuerza una dinámica que lleva su propio ritmo. ¿Hay que evitar los ninots de mujeres gordas aplastando con sus pechos al marido delgaducho y bajito? ¿Sería mejor al revés? Posiblemente, nos espantaría. El equilibrio entre la socarronería valenciana y el respeto a la mujer es muy delicado, porque la sátira se nutre de estereotipos, clichés e imágenes deformadas hasta lo ridículo para lograr eso tan sano de la fiesta que es la autocrítica. Lo políticamente correcto puede matar la esencia de la mordacidad fallera. Si nos pasemos de frenada podemos convertir todos los monumentos en artificios experimentales sin alma ni gracia. Eso no significa que cualquier broma sea aceptable. Lo que resulta preocupante es la doble moral. No nos riamos, con un ninot desmedido, de la mujer gorda que aplasta al marido calzonazos ni de la atractiva que deja boquiabiertos a los hombres pero defendamos la libertad de expresión que nos permite reírnos de Rita Barberá o de la asesinada presidenta de la diputación de León o de Carrero Blanco en lo personal, no en lo político, simplemente porque son «el enemigo». El problema no es la broma sino lo que nos hace gracia. Y hoy nos sigue haciendo mucha gracia la broma sobre el oponente político aunque sea de mal gusto.

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