El niño perdido y los que se pueden perder

FERRÁN BELDA

Aporofobia: del griego á-poros, (sin recursos), y fobos, (miedo). No es por quitarle mérito a Adela Cortina, la profesora que le puso nombre a la repugnancia y al rechazo a los indigentes, como Bob Dylan cantó al hombre que se lo puso a los animales. Pero habría tenido más mérito que lo hubiera hecho siendo sueca o noruega. Teorizar puede que no lo esté tanto, pero hablar de aporofobia está chupado en Valencia. Nadamos en ella desde hace siglos. Una de las páginas más gloriosas de la historia valenciana, la creación del primer manicomio del mundo, la provocó la aporofobia. Fray Joan Gelabert Jofré no habría pronunciado su célebre sermón si no hubiera presenciado cómo unos muchachos agredían vilmente a un perturbado. Los fondos que precisaba para su fundación no los habría obtenido si no hubiera convencido a los comerciantes y a los artesanos de que, lo mejor para ellos, era que «folls é innocents estiguessin en tal manera que no anassen per la ciutat ni poguessin fer dany ni els en fos fet». Y todo apunta a que sin este rechazo a la pobreza la hermandad que se ocupaba del Hospital d'Innocents, Folls i Orats habría tardado más en completar la labor asistencial que prestaba con la construcción de un hospicio para acoger igualmente a los expósitos, deficientes y desamparados que también deambulaban por el Cap i Casal. Un orfelinato que, al igual que los centros de menores que la Generalidad pretende establecer en Llíria y Paterna 600 años después, también se erigió extramuros. Pero con una salvedad. La Valencia renacentista celebró su constitución, como lo atestigua el hecho de que el padre Jofré sea venerado como si fuera un santo. No como ahora que cuando no es una concejala del PP lliriano, Reme Mazzolari, la que trata de sacar partido de la aporofobia latente en la sociedad, es un alcalde del PSOE, el paternero Juan A. Sagredo, el que haciendo honor a sus orígenes trogloditas se une a lo mejorcito de cada casa para alejar de su domicilio particular a unas criaturas que en modo alguno están apestadas o representan un peligro.

Se da la paradoja de que la transformación del cuidado de la infancia desvalida en una actividad nociva, molesta y peligrosa corre pareja a las grandes muestras políticas y sociales de dolor por crímenes como el de Gabriel Cruz. El mismo día en que la diputada Elisa Díaz amaneció con un crespón negro en el pecho en recuerdo del niño asesinado en Almería su correligionaria Mazzolari se dedicó a hacer campaña en contra de que la Administración se ocupe de los que podrían correr la misma suerte. Una desalmada aplicación del 'nimby' -no cerca de mi casa- que coronó con una propuesta ventajista. Sabedora de que, cuando es tratado como tal, el populacho siempre elige a los barrabases como ella reclamó que se someta a votación popular si el orfanato en cuestión se ubica o no en Llíria.

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