NIÑO MALO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando nos sacude el despecho que nace de un, real o imaginario, ataque de cuernos, solemos tender hacia el melodrama del lado más ridículo. Olvidamos que, precisamente en esos casos, lo importante es mantener la dignidad. «Mis cuernos me los afeito yo, ¿estamos?», me dijo en cierta ocasión en memorable frase un marido herido, vía teléfono, sospechando que yo practicaba espiritismo de media tarde con su esposa. No supe qué contestar. Si negaba el asunto en un ejercicio de verdad seguro que no me creía. Colgué cuando hablaba de contratar sicarios para que me partiesen las piernas. Me partí de la risa ante su ridículo, claro.

Muy ridículo se nos ha puesto también ese gran club de fútbol ante la marcha del niño de Brasil. Ha derramado sentimentalismo barato y elegancia artificial sobre cómo comportarse en esa maternal casa. De entrada olvidan esos dos expresidentes suyos con pasaditas por la trena. Mucho estilazo de boquilla pero luego varios de sus exmandamases toparon con la ley por asuntos de dinero turbio. Los clubes de fútbol de alto copete y presupuesto megamillonario son multinacionales que se amparan bajo la parafernalia de los colores y del deporte, pero son depredadores de usar y tirar. El niño de Brasil, rodeado por un entorno de voracidad liderada por su padre, ha participado de los mecanismos del capital y se larga a otra parte donde le inyectarán todavía mayor cantidad de oro, ya está. No se entiende, pues, la hipocresía que de repente lucen. Hay un niño bueno y ejemplar, el argentino; y luego otro díscolo que ha osado largarse del Shangri-La culé, el brasileño. Pero son esos clubes los que generan los monstruos y alimentan sus caprichos de jóvenes divos, es por lo tanto normal que, de vez en cuando, alguno les salga rana porque no se traga el anzuelo de familia feliz que venden.

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