El nervio de la libertad está en la Cruz

PABLO CABELLOS LLORENTE

El tema de la Cruz en la vida cristiana -y en cualquier existencia- no es asunto de fácil digestión. Ya escribió San Pablo que resultaba escándalo para los judíos y locura para los gentiles. Incluso los mismos cristianos tropezaban y tropezamos con la locura y el escándalo, aunque no ignoremos que Dios es infinitamente bueno, también cuando nos dice que el que no toma la cruz de cada día no es digno de él. En este cuadro de contrastes, también vale la pena resaltar la reacción de los gentiles que participaron como soldados romanos en la crucifixión: «Verdaderamente éste era hijo de Dios», exclamaron. Igualmente, San Juan escribe que la Cruz es el lugar donde brilla la gloria de Dios, porque es allí donde Jesús de Nazaret cumple por entero la voluntad del Padre, mostrando lo que había predicho acerca de que nadie tiene amor mayor que el que da la vida por sus amigos.

Cristo crucificado nos conferirá ese nervio de la libertad al que aludo arriba. Pretendo entenderlo a través de un suceso capital en la historia de San Josemaría, porque me es cercano y porque los santos captan justamente el querer de Dios. Corrían los años treinta y el joven sacerdote sufría al contemplar el dolor de su madre y de sus hermanos, que lo pasaban mal por falta de medios económicos; sufría también porque estaba en Madrid en una situación precaria de acuerdo con el ordenamiento canónico, legal pero precaria. Además le hacía penar la situación difícil por la que atravesaba la Iglesia en España. Le costaba entender que tenía una misión que cumplir para la que todo eran obstáculos. Refiriéndose a estos momentos, escribiría años más tarde lo que había madurado en su alma:

«Cuando el Señor me daba aquellos golpes, por el año treinta y uno, yo no lo entendía. Y de pronto, en medio de aquella amargura tan grande, esas palabras: 'Tú eres mi hijo (Salmo, 2, 7), tú eres Cristo'. Y yo sólo sabía repetir: Abba, Pater!; Abba!, Abba!, Abba! (...) Tú has hecho, Señor, que yo entendiera que tener la Cruz es encontrar la felicidad, la alegría. Y la razón -lo veo con más claridad que nunca- es esta: tener la Cruz es identificarse con Cristo, y, por eso, ser hijo de Dios. Hay que indicar que estas palabras están escritas treinta años después del suceso narrado, que acontecía en un tranvía: sucedió literalmente lo escrito en la epístola a los Romanos: los que son movidos por el espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. No se trataba solamente del descubrimiento de su condición de hijo, sino también de su íntima unión con el sacrificio de Jesús. No deja de ser paradójico (se lee en Nuevos Mediterráneos) que nuestra condición de hijos de Dios vaya de la mano de la Cruz.

También es algo incomprensible que la libertad humana se enraíce en la misma Cruz, pero aparece muy claro en la Sagrada Escritura. Por ejemplo, Pablo de Tarso escribe a los Gálatas para referirse a la libertad con que Cristo nos ha liberado, y dice a los Romanos que liberados del pecado se hicieron siervos de la justicia, es decir de la santidad, que es una servidumbre redentora. Son muchos los textos que podríamos aducir, pero voy a buscar en San Juan -le llamaron el teólogo los primeros cristianos y los Padres de la Iglesia- que goza de una altura intelectual muy notable. En su encuentro con la mujer samaritana, Jesús le habla de un alimento, que resulta consistir en el cumplimiento de la voluntad del Padre. Y no olvidamos que Cristo era libérrimo para realizar su tarea redentora. Pero era hombre. Y se lee en Hebreos que aprendió por la obediencia lo que cuesta obedecer: no están reñidos libertad y obediencia, es más, puede ser una manifestación grande de liberación hacer algo a contrapelo, mas con la voluntad decidida, con aquella determinada determinación de Teresa de Ávila.

También recoge Juan Apóstol estas frases de Jesús: «En verdad, en verdad os digo: todo el que comete pecado, esclavo es del pecado. El esclavo no se queda en casa para siempre, mientras que el hijo se queda para siempre; por eso, si el Hijo os da la libertad, seréis verdaderamente libres». Unas palabras finales de Jesús trasmitidas por el discípulo amado: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida». Cristo es la Verdad, a la que necesariamente ha de hacer referencia la libertad para no convertirse en una locución vacía de contenido, solo consistente en la búsqueda de opciones sin otra conexión que no sea el querer de cada uno en cualquier momento. Ha escrito Fernando Ocáriz: Dios nos ha dado la libertad para siempre: este don no es algo transitorio, para ejercitar solamente durante esta vida en la tierra. La libertad como el amor nunca acaba (I Corintios, 3, 8): permanece en el Cielo.

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