NAZARET

RAMÓN PALOMAR

La invisibilidad queda garantizada si los medios de comunicación no enchufan su foco sobre algo o alguien. Nuestra sociedad se amamanta de los medios, se nutre vía redes sociales y se mueve bajo el impulso cegador de los flashes. La campaña 'Teruel también existe' provocó alguna chufla, pero triunfó y consiguió su objetivo. De repente, se habló de Teruel. Había olvidado uno la existencia del barrio de Nazaret hasta que el pasado domingo este diario publicó una doble página desgranando su aislamiento. Nunca se menciona Nazaret y esto le otorga a la barriada personalidad romántica y literaria de perdedor infatigable. Al Cabanyal hay que salvarlo aunque nadie logra desatascar su penosa situación. De Nazaret jamás se comenta nada, ni siquiera esperando o deseando su posible salvación y, sin embargo, ahí está Nazaret, con el mar lamiendo sus tobillos y con el paquidérmico puerto mordiendo y menguando su puerta trasera. Nazaret es un barrio de novela negra preñado de supervivientes y a estas alturas ya no sabemos si forma parte de nuestra ciudad o lleva camino de convertirse en un orgulloso califato independiente. De vez en cuando pisaba Nazaret para cenar unas deliciosas y genuinas patatas bravas y una cecina sublime en un bareto angosto y pintoresco llamado, creo recordar, Jomi. Ignoro si todavía existe ese bar. Y marchabas allí con las amistades más íntimas como quien viajaba a Kenia empapado de secretismo en vista de lo exótico del traslado. Nazaret, tan lejos y tan cerca, causaba impresión y siempre saltaba ese despistado de la pandilla que murmuraba eso de «¿Nazaret? ¿Pero tíos, en serio nos vamos a Nazaret?». Y sí, allí nos largábamos para comentar luego en el curro, un par de días más tarde, lo de «la otra noche me fui a Nazaret» y observar las caras de pasmo que recibían esas palabras.

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