NADAL, CATEGORÍA ESPECIAL

El tenista balear ha conseguido situarse en ese punto en el que el fracaso ya no existe porque no tiene nada más que demostrar

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Siempre nos quedará Nadal. Mientras algunos presumen de currículum sin poderlo acreditar y otros acreditan méritos que no lo son excepto para sus fieles, Rafa Nadal sigue siendo un ejemplo de esfuerzo, perseverancia y tenacidad. Para todos. Incluso para sus adversarios. Sobre todo, para sus adversarios. Da igual que gane o que pierda. Él ya es, como decimos por estos lares para las mejores Fallas, de categoría especial. Fuera de concurso. Nadal ha conseguido situarse en ese punto en el que el fracaso ya no existe porque no tiene nada más que demostrar. Si a partir de ahora solo perdiera no dejaría de ser el gran Rafa Nadal. Ni podríamos reprocharle nada. Ese punto es el que debería guiarnos a los demás mortales en cualquier ámbito de la vida, en la política, los másteres o los heroísmos locales. Es la antítesis del modelo que se les presenta muchas veces a los más jóvenes desde otras instancias. Para ellos, parece que el mayor triunfo vital es ser ricos y famosos con rapidez. Salir en un programa de televisión, convertirse en personaje y vivir del cuento. Frente a eso, Nadal ha hecho una carrera de fondo, como ocurre en el Deporte. Con mayúsculas. Ése que no ve el brillo excepto al final del camino, de muchas horas y años de esfuerzo silencioso, oculto y sacrificado para lograr una medalla en un Campeonato. O simplemente para superar la propia meta una y mil veces. La competición con uno mismo es la mejor lección que nos da el deporte.

Acierta el Ayuntamiento de Valencia cuando apuesta por la Davis en la Plaza de Toros, aunque el escenario resulte incómodo para ver un espectáculo incruento. Quizás es la mejor forma de darle otro uso a una arena sobre la que solo deberían batirse en duelo, como estos días, los deportistas. Nunca más otros llevados a la muerte. Pero, sobre todo, acierta por lo que el deporte tiene de modelo social y, en especial, un deporte que cuenta con un líder capaz de concitar la atención del mundo sin perder el sentido de las cosas y la humanidad que derrocha. En él no se cuestionan los méritos ni necesita papel alguno que demuestre lo que sabe. Lo evidencia cada vez que sale a la pista. Es probable que ése sea el problema que hay detrás del caso Cifuentes y otros tics de la vida pública española.

Nos han hecho creer que un certificado es la prueba de nuestras capacidades pero esos papeles solo demuestran que hemos sido expuestos a un adiestramiento, no que nos haya transformado. Es como si Nadal mostrara un documento que avalara sus horas de entrenamiento. No serviría de mucho si luego es incapaz de remontar un partido o un campeonato. Lo mismo debería suceder con cualquier profesional: por muy hinchado que esté el currículum, lo que cuenta es lo que sabe, sabe ser y sabe hacer. Ese es el verdadero cambio en los títulos, en los másteres y en el aprendizaje en general. Y esa demostración no hay acta 'reconstruida' que pueda falsearla.

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