El nacionalismo es veneno

ANTONIO PAPELL

Juncker, primer ministro de Luxemburgo entre 1995 y 2013, presidente de la Comisión Europea desde finales de 2014, tiene un currículum manchado por las benevolentes concesiones fiscales de su país a grandes multinacionales en lo que fue a la vez un regalo a las compañías y una clara muestra de competencia desleal a sus socios comunitarios, pero hay que reconocer que su papel al frente del gobierno europeo está siendo fecundo y provechoso.

En el caso del conflicto catalán, su posición es diáfana. Europa es el fruto de un proceso integrador, del que pueden desdecirse los Estados miembros pero en el que no son posibles las fracturas. Con una claridad que ya podrían imitar otros líderes democráticos, Juncker ha dicho que «el nacionalismo es veneno» y ha añadido que «lo que exigen los tiempos no es división, sino poner todo el talento y la energía de los europeos en común: lo que ha hecho Cataluña es exactamente lo contrario».

El nacionalismo catalán, que nos ha envenenado la convivencia hasta perturbar el desarrollo de todo el país, pretende ahora coonvertirse en clase dominante de un Estado-juguete a su disposición, en el que lógicamente actuarían a su libre albedrío. Y para conseguir su objetivo no han tenido el menor problema en generar una gran fractura política, intelectual y social en Cataluña, y en causar un desastre económico de grandes proporciones.

Las razones que se argumentan siguen dos líneas de argumentación: la del agravio y la de identidad diferencial. La primera es directamente falaz, como ha demostrado Borrell en sus debates con el inefable Junqueras, un analfabeto en economía que ha dirigido el desastre desde la consejería del ramo.

La de la identidad diferencial es poco más que una broma. Miente (o dice tonterías) quien defiende la existencia de una «cultura catalana» que no esté claramente imbricada en la cultura española. 'El Quijote' viaja tranquilamente a Barcelona a principios del siglo XVII y Juan Marsé, que escribe en castellano, es la gran eminencia viva de la novela catalana y española. Además, resulta que la lengua más hablada en Cataluña es el castellano, y no por alguna pérfida imposición exterior sino porque es el signo de los tiempos: también en España, en toda ella, se habla cada vez más inglés.

Lo que ocurre en el fondo es que tras el «hecho diferencial» se oculta la arrogancia del complejo de superioridad. Tras todo nacionalismo siempre hay una voluntad excluyente y una detestación del diferente. El cosmopolitismo y la globalización son anatemas en el ámbito de lo 'nacional'. Todo esto ya está en el imaginario colectivo. Por eso la Cataluña de los independentistas no sólo no tiene el derecho de su parte sino tampoco la razón. Ni la simpatía de los demócratas. Porque el nacionalismo es la ponzoña, el veneno que nos amenaza.

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