El nacionalismo rancio

Lo español se asocia con la tele en blanco y negro mientras que los nacionalismos actuales creen proyectarse al futuro

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

En tiempos de nacionalismos exacerbados, el español es el único inaceptable. Así lo presentó un nacionalista, Andoni Ortuzar, durante el Aberri Eguna, calificándolo de «rancio» nacionalismo español. Los reproches a España no son nada extraño ni sorprendente. Son tan previsibles como la vena anticlerical que se le hincha al PSOE en las vísperas de cualquier cita electoral. Nada nuevo bajo el sol. Sin embargo, en este caso me llamó la atención el calificativo. «Rancio» es un término que suelo aplicar con frecuencia a determinados comportamientos de la derechona madrileña. Posiblemente también tengan esos tics en la derecha valenciana y, sin duda, en otros entornos ideológicamente distintos. Lo rancio no es potestad de una tendencia política sino de gente anticuada en general. Pero sí es cierto que Madrid apolilla todo un poco más. Será la sequedad del ambiente o la proximidad de la Corte. No sé. El caso es que allí he visto cosas que, como el de Blade Runner, no creeríais. Atacar naves en llamas y comportarse como en una escena de Fortunata y Jacinta. Cosas así. De hecho, entre lo rancio, hay costumbres que no soporto, ni aquí ni en la Meseta, como que los hombres se sienten a tomar el café mientras las mujeres recogen la mesa, o que ellos inviten a sus parejas a quedar para comprar ropa dando por hecho que a todas les gusta.

«Rancio» es un punto distinto de «anticuado» y de «kitsch». «Rancio» es el amarillento pelo de Trump. Ese color de pelo canoso abandonado entre amarillo y verde o ese olor a Varón Dandy entremezclado con el alcanfor del armario de donde ha salido el traje de la boda para el bautizo del nieto. Anticuado, en cambio, es pasado de moda. Es impropio, fuera del tiempo, pero no tiene el toque de dejadez de lo rancio. Kitsch, por su parte, desde la Movida, tiene algo de glamour, por su carácter rompedor de tan anacrónico. Está fuera del tiempo, no a destiempo. La pregunta ahora es ¿cuándo se vuelve rancio un nacionalismo? ¿Por qué el español lo es y el catalán es progre? ¿No es rancia la extrema derecha alemana que rinde pleitesía a Puigdemont? ¿Por qué es rancio el franquismo y no el nazismo? ¿Por el toro y la flamenca sobre el tapete de ganchillo? No será que el PNV censura el nacionalismo español por ser de derechas como si ellos fueran la hermana roja de Pablo Iglesias. O sencillamente que lo español se asocia con la tele en blanco y negro mientras que los nacionalismos actuales creen proyectarse al futuro. El problema de todo nacionalismo es su anclaje en una Arcadia feliz que es una ilusión. Ni siquiera el glorioso Imperio español está libre de episodios negros. Tampoco la llamada «Corona catalanoaragonesa» que nunca existió o la libertad de los montes vascos, alejados de la romanización. El nacionalismo, de todo signo, es rancio por definición pero aliado con el populismo se presenta con nuevos ropajes como una alternativa ultramoderna.

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