El muro de Donald Trump

JOSÉ M. DE AREILZA

Una de las promesas electorales del presidente norteamericano fue la construcción de un muro en los más de tres mil kilómetros de frontera entre Estados Unidos y México. El anuncio se completaba añadiendo que la obra la pagaría el vecino del Sur, descrito al inicio de la campaña como un país de donde venían criminales y personas violentas. La combinación de racismo, xenofobia y falta de realismo permitía esperar que, en el caso de llegar al poder, Trump abandonaría esta terrible retórica y moderaría su discurso sobre México. Pero ha sucedido lo contrario: la construcción del muro sigue siendo un argumento permanente y central de la presidencia más caótica y temperamental que se recuerda en Washington. El presidente ha exigido además la renegociación del acuerdo de libre comercio con México y Canadá y ha acelerado la deportación de inmigrantes mexicanos sin papeles. En concreto, utiliza como moneda de cambio con los legisladores demócratas para lograr la financiación del muro el destino de los llamados 'dreamers', los hijos de inmigrantes sin papeles, que llegaron muy jóvenes a EE UU y están integrados en la sociedad norteamericana.

Tanto el muro como la puesta en cuestión de NAFTA o el rechazo frontal a la inmigración latina van en contra de los intereses de la primera economía del mundo, que se beneficia claramente de la apertura. Alentar el racismo y el rechazo al inmigrante es también un error descomunal en unos Estados Unidos construidos sobre la llegada de personas por lo general dispuestas a renovar el sueño americano. Pero para Donald Trump el muro es sobre todo un argumento concreto que sigue movilizando a su base electoral. El presidente busca continuamente enemigos contra los que hacer política. Lo de menos es si el proyecto de blindar de este modo la frontera es realizable o no. Esta semana ha visitado en San Diego varios prototipos de muro, como quien recorre una tienda en busca del mejor sofá para su casa. También ha denunciado la actitud del Estado de California y de sus ciudades, movilizadas para proteger a su población inmigrante.

La desafección hacia Trump y todo lo que representa -el supremacismo blanco y el nacionalismo económico- está dando alas en el Norte de este Estado a un movimiento político y social que recuerda a los intentos pasados de Texas de separarse de la Unión. La frontera entre México y EE UU ha atravesado distintas etapas desde que fuera finalmente fijada en 1896. A veces ha sido una membrana porosa y otras se ha convertido en un foco de tensiones y problemas, como ocurre en nuestros días alrededor del tráfico de drogas. Los dos países están llamados a entenderse y a progresar en el grado de interdependencia social, económica y comercial. Pero esta idea de fondo que no divide el mundo en ganadores y perdedores no existe en el planeta Trump.

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