EL MUNDO EMBUDO

ÁLVARO MOHORTE

Terry Pratchett es el autor de las novelas más robadas en las bibliotecas del Reino Unido. Si ese mérito no fuera poco, también cuenta en su haber 70 millones de libros vendidos en 37 idiomas, lo que le hace ser el segundo autor británico de ficción más vendido, sólo superado por la 'madre' de Harry Potter, J.K. Rowling. Como ella, Pratchett ha cultivado el género de la fantasía, aunque con aventuras menos épicas que las del pequeño mago y una geografía bastante original y zoológica.

Una descomunal tortuga llamada la Gran A'Tuin vuela por el espacio, mientras que sobre su caparazón cuatro elefantes llamados Gran TPhon, Tubul, Berilia y Jerakeen sostienen el Mundodisco, un gran plato sobre el que reposan los continentes y por cuya circunferencia desbordan los océanos. Los astrozoólogos, que así se llaman los estudiosos de ese mundo, debaten cuál es el sexo de la tortuga. Ante el tremendo riesgo de terminar cayendo al vacío, deciden buscar a un idiota que, empujado por la curiosidad, acepte ser descolgado por el borde exterior para echar una miradita.

Éste es el detonante de la novela 'El color de la magia', en la que ese idiota es un turista que, acompañado de un mago bastante torpe y desafortunado, busca visitar los lugares más pintorescos del Mundodisco, mientras los astrozoólogos intentan darle caza sin que se dé cuenta.

La creación de mundos es un viejo arte que cultivó Tomás Moro con su Utopía, William Faulkner con el condado de Yoknapatawpha, Juan Benet con su leonesa Región, García Márquez con Macondo o JRR Tolkien con su Tierra Media, aunque para encontrar concepciones tan astrofísicas se ha de ir a Larry Niven y su Mundo Anillo o al cosmos de George Lucas y su Star Wars.

Sin embargo, hay otras posibilidades, como la que ofreció el viernes la vicepresidenta del Consell, Mónica Oltra: el Mundo Embudo. En ese universo la parte chica y la grande se coloca en función de las necesidades del creador. Este poder, que no tiene en exclusiva (todo hay que decirlo), se evidenció a la hora de encajar la negativa del Consell de Turisme a la imposición de una tasa turística.

Este órgano asesor del ejecutivo valenciano inclinó la balanza de la discusión hacia el director general de la Agencia Valenciana de Turismo, el socialista Francesc Colomer, opuesto a la medida.

Para desacreditar las conclusiones del organismo, Oltra decidió que no era representativo del sector y puso como ejemplo que no estaban las 'Kellys' o limpiadoras de piso. Esa ausencia es cierta, pero en su mano está que cambie y estas trabajadoras se unan al foro en el que están las patronales del sector, los tres sindicatos mayoritarios, 10 expertos, las tres diputaciones y los ayuntamientos de los 10 municipios más turísticos de la Comunitat. Ahí es nada.

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