Mujeres, hombres y otros animales de compañía

«A los animales, a los que hemos hecho nuestros esclavos, no nos gusta considerarlos nuestros iguales» ( Darwin)

ELENA NEGUEROLES COLOMER

Algunas personas reaccionan airadamente ante cualquier iniciativa para favorecer a los animales. Lo viven como una agresión a sus propios derechos. Reaccionan como si les estuvieras quitando algo que les pertenece para entregarlo a alguien que no lo merece. Para ellas el bienestar animal es incompatible con el bienestar humano, como si uno excluyera forzosamente al otro.

Mientras no hagas nada por nadie no se meten contigo, pero si se te ocurre preocuparte por los animales y actuar en consecuencia, te acosan inmediatamente indicándote todas aquellas causas que deberías apoyar en lugar de la que tú has elegido, aunque muy frecuentemente ellos no contribuyan ni a unas ni a otras.

Pero lo peor de todo es cuando estos ‘animalófobos’ trabajan en medios de difusión, ya que en ese caso intentan a toda costa ridiculizar públicamente a los que se han atrevido a malgastar sus recursos en seres tan inferiores e indignos de ayuda.

Unos recalcan, como quien no quiere la cosa, que Hitler, Himmler o Göring, los cuales no constituyen precisamente un ejemplo a seguir, eran amantes de los animales, obviando que también eran o son defensores de los mismos personas tan relevantes e influyentes como: Leonardo da Vinci, Francisco de Asís, Ghandi, Schopenhauer, Jeremy Bentham, Schweitzer, Kant, Victor Hugo,...

Otros les acusan de alegrarse con las muertes de toreros, de no protestar por los abortos, de no preocuparse por las personas e incluso de no ducharse... (entre los animalistas, por supuesto habrá quien comparta alguno, ninguno o todos estos supuestos... ni más ni menos como entre los que no lo son).

Algunos se permiten el lujo de corregir errores ortográficos, por supuesto del ‘bando contrario’, en lugar de evitar en sus artículos el uso de palabras extranjeras que resultan de lo más repelente.

Los que luchan por proporcionar una vida digna a los animales llevan a cabo una labor social que beneficia a todos, incluso a aquellos a los que les importan un pito los que no son de su propia especie.

Burlarse de estos luchadores que actúan contra los elementos y las incomprensiones, sin esperar alabanzas ni premios, es un recurso ramplón para los que, carentes de ingenio, no logran obtener con sus escritos una sonrisa de sus lectores.

El bienestar animal y el bienestar humano no sólo no son, como algunos afirman, conceptos contrapuestos sino que son complementarios.

Si se logra que nazcan menos perros y gatos destinados al abandono, las calles estarán más limpias, no habrá gasto público para recogerlos y mantenerlos o sacrificarlos, no provocarán accidentes al transitar por carreteras, no se asilvestrarán creando situaciones peligrosas, no causarán temor a los que los temen ni dolor a los que se compadecen de ellos.

Las medidas preventivas son más piadosas, ahorran sufrimientos y a la larga son también más baratas.

Resulta evidente que cuanto mejor estén todos aquellos que te rodean mejor será tu calidad de vida. Es más fácil ser feliz si no hay sufrimiento a tu alrededor. Y al decir alrededor me refiero a todo el planeta.

No se puede ser solidario a ratitos ni por parcelas, no se es solidario con los que tienen los ojos azules o con los que profesan tu religión o son de tu equipo de fútbol. La solidaridad es universal o no es. Y para ser universal ha de superar los límites que la circunscriben a la especie humana para hacerla extensiva a todos los seres con capacidad de sufrimiento.

No se trata de fomentar que haya muchos animales de compañía, al contrario. Se trata de impedir que haya demasiados. Se trata de que sólo nazcan aquellos que sean asumibles por la sociedad. No se trata de que haya un perro o un gato en todos los hogares sino de que no haya perros y gatos sin hogar.

Desgraciadamente los humanos, a los que tanto nos cuesta aplicar las enseñanzas bíblicas cuando se trata de renunciar a nuestro egoísmo y nuestra conveniencia, hemos acatado sin rechistar lo de:

«Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, dominad a los peces y a las aves y a todos los animales que se mueven sobre la tierra»

Y las hemos aplicado con tanto celo que:

- Nos hemos multiplicado demasiado.

- La tierra está ya demasiado llena.

- La tierra está ya demasiado sojuzgada. Sus recursos están prácticamente agotados.

- Los animales están demasiado dominados. Los hemos tratado sin ningún miramiento, convirtiéndolos en nuestros esclavos.

Hemos de poner freno a tanto abuso, que tarde o temprano se vuelve contra nosotros. Hemos de comprender que estamos de paso, que vivimos de prestado y que nuestra obligación es dejar a las generaciones venideras un planeta en las mejores condiciones, porque ni él, ni las vidas de los que lo pueblan, sean mujeres, hombres u otros animales, nos pertenecen.

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