La mujer

La falla de la plaza de Pertusa de 1918 era machismo puro. Pero ¿cuánto han cambiado las cosas a lo largo de un siglo?

F. P. PUCHE

Un marido atribulado lleva en brazos a un niño de pocos meses, que llora a gritos; el hombre, mientras tanto, intenta hacer la comida y avivar la lumbre de la olla con un aventador; en contraste con esa escena, hay otra en la que la esposa y una amiga están en el salón, vestidas con elegancia, abanicándose mientras charlan y toman copitas de anís.

Así de explícita y expresiva salió a la vista del público la falla de la plaza de Pertusa de 1918. Por si la metáfora no quedaba clara, el artista puso, como decorado principal de la base, a un hombre que fregaba el suelo arrodillado después de haber tendido un montón de ropa... Para redondear el mensaje, los versos del 'llibret' fueron tan inequívocos como groseros: «Si el feminisme vinguera / Ja podría pensar l'home / penjarse d'una figuera...».

¿Qué les parece: cambia o no cambia el mundo al paso de un siglo? ¿Sería soportable una falla como esa, en cualquier calle o plaza actual, incluso sin contar con las recomendaciones de respeto a la igualdad de género que ha preparado la Junta Central Fallera?

Intento creer que no habrá escenas de este ínfimo 'estilo' en las Fallas de 2018. Intento convencerme de que ese formato de chiste fallero fue superado hace tiempo, como se superó el 'landismo' en el cine español o la grosera sal gruesa, desde luego intensamente machista, de las revistas valencianas 'La Traca' o 'La Chala', indultadas por la crítica, sin embargo, por vías anticlericales y políticas.

Las fallas, yo así lo veo, son un baremo bastante fiel de los puntos de vista de la sociedad de su momento. Quizá su enfoque está siempre más centrado en la onda conservadora que en la progresista; pero me empeño en creer que sí se han producido variaciones en favor de la mujer, su papel en el mundo, sus derechos y sus virtudes, desde aquel 1918 en que la novedad feminista llegaba a España de la mano de unas mujeres, las sufragistas inglesas, que tras ocupar los puestos de trabajo de los hombres que habían ido a la guerra, exigieron también derecho a votar.

Todo cambia, y suele hacerlo para bien. La plaza de Pertusa desapareció arrasada por la avenida del Oeste y los detalles mismos de la falla son historia antigua: no se friega el suelo de rodillas ni se usa el aventador en la cocina. En la Valencia de marzo de 1918, el problema, para empezar, es que faltaba el gas y el carbón y estaba a punto de llegar «la cucaracha», la gripe que mató en el mundo a 40 millones de personas.

Una falla como aquella no se soportaría ahora. Lo que ocurre es que los cambios en las costumbres -sobre todo algunas costumbres- son mucho más lentos que los tecnológicos. Se asegura que la verdadera liberación de la mujer la trajo la lavadora de ropa. Pero millones de barbudos seguimos sin saber manejar ese invento del diablo.

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