Paz para los muertos

Los trabajos arqueológicos para excavar enterramientos de víctimas de izquierdas durante o después de la Guerra Civil han tomado un nuevo impulso

ANTONIO VERGARA

Los trabajos arqueológicos para excavar enterramientos de víctimas de izquierdas durante o después de la Guerra Civil han tomado un nuevo impulso. Las administraciones públicas valencianas pugnan entre sí para cumplir con el objetivo ideado por aquel extraordinario presidente socialista del Gobierno llamado José Luis Rodríguez Zapatero, el 'Pacificador de Venezuela'.

A tal efecto, las diversas asociaciones y grupos cívicos 'anti feixistes' están recibiendo cuantiosas subvenciones para adquirir picos y palas en los comercios de este ramo. Con las decenas de miles de euros se supone que remunerarán a los técnicos especializados en arqueología.

Aunque en ocasiones ha sucedido que un humilde pero estudioso maestro de pueblo haya dado con el paradero de un poblado íbero. Me refiero a don Vicente Llatas Burgos, maestro nacional de Villar del Arzobispo. Él descubrió 'La Covacha de Llatas' en 1948, mientras paseaba por el secano, a dos kilómetros del pueblo. Este buen y erudito hombre falleció en 1980.

¿Pero qué descubrió? Nada menos que un yacimiento del Mesolítico reciente (reciente equivale a 8500-7500 años a. de Cristo). Fue excavado por el Servicio de Investigación Prehistórica de la Diputación de Valencia. Tal vez sea este Servicio el encargado de rebuscar en las terrosas fosas donde hay indicios o sospechas de que se halla el cráneo y la osamenta de los fusilados por el ejército vencedor en la Guerra Civil de 1936-1939.

Hay espíritus amargados y 'facistas' que plantean lo siguiente, como una mera hipótesis: Si hubiesen ganado las izquierdas ¿habrían fusilado a más o a menos personas que el franquismo? Cualquiera sabe, pero no conviene olvidar que el Gobierno Republicano -o lo que restaba de él- estaba infiltrado por los comunistas del 'padrecito' Josef Stalin. Y que 1937 fue el año de lo que los historiadores denominan 'Gran Purga'. Centenares de miles de ciudadanos rusos fueron ejecutados. E igualmente altos mandos del Ejército Rojo. En la masacre de Katyn (Polonia) Stalin ordenó asesinar en 1940 a la élite intelectual, social y militar del país: más de 22.000 personas.

Por tanto, no hace falta haber estudiado en Salamanca para barruntar lo que habría sucedido en 1939 si hubieran triunfado las izquierdas lideradas por Stalin desde la distancia. Esta presunción no presupone maquillar la represión franquista. Las guerras civiles -salvo la de Secesión norteamericana, una excepción- terminan con un odio incubado. Cuando el horror ya se ha olvidado, más o menos, siempre surge en España un idiota irresponsable, con ínfulas de estadista 'de izquierdas', y manipula el dolor de los familiares que nacieron en plena democracia. Son los antifranquistas sobrevenidos.

Todos estamos de acuerdo en el dicho evangélico: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos» (San Mateo 8, 18-22). El asunto de hoy es muy delicado porque es una herramienta ideológica y electoral de la izquierda.

De otro lado, nadie se ha preguntado jamás si todos los hacinados en fosas comunes eran personas de bien o no, porque es obvio que entre los idealistas de izquierdas se mezclaron muchos asesinos, como los pistoleros de la CNT/FAI que asesinaron a mi abuela Carmen, de 64 años, en la noche del 14 al 15 de febrero de 1937. ¿Por qué no dejan de cavar de una vez? ¿Por qué secundar la macabra trampa de los políticos, impermeables al dolor de los familiares de buena fe? ¡Dejémoslo estar ya! No más picos ni palas. Ni revendedores de la aflicción.

«La República es el fenómeno más desmoralizador que se ha producido en España desde hace muchísimo tiempo. Mientras no la teníamos, confiábamos en ella, aunque sólo fuese como en una salida para casos de incendio. Ya no podemos, como antes, en nuestros momentos de irritación contra lo existente, tomarnos dos copas y gritar '¡Viva la República!', porque hoy este grito carece de sentido. La República nos quitó la ilusión de la República, y lo grave es que, a cambio de esta ilusión, no nos ha dado ni la menor partícula de realidad». ('Haciendo de República', 1934, de Julio Camba).

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