Los Morones, Lafora I y el 'Caganeken-pis'

UNA PICA EN FLANDES

El famoso catalanismo queda para arreglarle el saquito y aguantarle la paranoia al personaje con la cara más dura de Europa

ESTEBAN GONZÁLEZ PONS

La comunidad romaní de los Morones de Galicia ha pasado días convulsos. El joven Jeremías Barrul, organizador de zocos ambulantes, ejerciendo un supuesto derecho a decidir, proclamó la independencia de sus mercadillos y la república de los gitanos feriantes. El muchacho, en su osadía independentista, llegó, incluso, a regalar una cachava, en plan pipa de la paz, al jefe de los guardias civiles, siendo que, usar el cayado corvo, es privilegio de patriarcas y cabezas de clan. Los ancianos, escandalizados tal que un Tribunal Constitucional, decidieron desterrarlo, como cerca, a Flandes, a vender tenedores usados en la Place du Sablon.

Llegados a este punto, el rey Sinaí Giménez, llamado el 'Obama gallego', hijo del emérito rey Olegario, tataranieto del egregio Don Paulo I, se vio forzado a intervenir públicamente y aplicar una especie de artículo 155 calé: Disculpó a Jeremías, «su inexperiencia le ha jugado una mala pasada», y reafirmó la unidad del pueblo gitano, recordando que ahí los únicos reyes vienen de su familia. El chaval lloró mucho, los ancianos le perdonaron y le devolvieron sus furgonetas y sus percheros. La nación cultural de los Morones respiró. Es gente seria, no admite suplantadores ni pichas aparte.

Otro ejemplo. Mi padre, como todo el mundo sabe, es médico, endocrino. Pues bien, una vez, recibió en la consulta a un tipo que se comportaba con normalidad, hasta que le pidió su nombre y apellidos. «¿No me ha reconocido?», preguntó, entonces, el paciente furioso, al tiempo que, de un golpe, ponía sobre la mesa su tarjeta de visita. «Lafora I, Rey de España», leyó mi padre y, sin dudarlo, se levantó, hizo una reverencia, casi se le cayeron las gafas: «Disculpe, señor, estaba disimulando para garantizar su privacidad». Luego, le rogó a María José, la británica enfermera, que, a partir de la fecha, todos en la clínica dieran a Don Lafora tratamiento de majestad, como a los reyes magos. Aquel hombre se dejó meter cosas por sus agujeros, siguió un tratamiento, se curó. Y, después, continuó con su vida sin hacer daño a nadie, aunque convencido de ser Lafora I de España.

Nuestro fotogénico 'Caganeken-pis' está entre uno y otro. Desde Bruselas, sigue buscando separar su mercadillo ambulante del de todos, como Jeremías, pero también se cree rey de Cataluña, como Lafora I. Así que, sus fans, van a darle un cargo inexistente en una república inexistente de un país inexistente para hacerle feliz y, a él, mientras le paguen el alquiler y le pongan de presidenta en Barcelona a su secretaria, le da lo mismo. Es como si Cataluña le debiera todo a Puigdemont y no al revés. El famoso catalanismo queda para arreglarle el saquito y aguantarle la paranoia al personaje con la cara más dura de Europa. Si Tarradellas levantara la cabeza, se pasaría al nacionalismo de los Morones que resulta más adulto.

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