MORIR DE ÉXITO

RAMÓN PALOMAR

La avasalladora corriente que domina nuestros instintos indica que sólo el éxito nos permite cierta felicidad. Triunfar o morir. Triunfar sí o sí. Se diría que sólo se nos ofrecen dos opciones, o el tormento o el éxtasis. Pero luego aterriza la gran paradoja: morir de éxito, ese curioso fenómeno que te sume en la confusión porque tras el pelotazo surge el clásico «¿y ahora qué hago?».

Anthony Perkins nunca se recuperó tras el taquillazo de 'Psicosis'. Su personaje le devoró. Y tras vender millones de libros en todo el mundo nuestros paisanos Ruiz Zafón y María Dueñas, no quiero imaginar la presión que a lo mejor soportan ante sus nuevas novelas. Dejaron el listón tan alto en cuanto a ventas que, a lo mejor, sienten las famosas mariposas estomacales del pavor porque deben cumplir con las expectativas. En Barcelona, buena parte de sus habitantes considera que, el primer problema de su urbe, viene con la gran cantidad de turistas que culebrean a diario por sus arterias calzando sandalias y luciendo gorricos contra el sol. Mueren de éxito porque la rutina del ciudadano se ve amputada debido a la saturación de guiris. El turismo, ese gran invento, ese maná anhelado que redondea nuestros ingresos, de repente, ya no segrega el jugo que se le suponía pues las molestias superan los beneficios. Aquí en Valencia basta con atravesar el centro cualquier mañana para observar el subidón de forasteros deambulando con parsimonia de buey fatigado. Los eventos, mal gestionados, desde luego, y fuente de corrupciones, no se niega, sí nos colocaron en el mapa y eso se nota. Ahora bien, en esta dulce encrucijada es cuando conviene que no se desmadre el asunto. La sobredosis turística nos matará del éxito. Espero que nuestros gestores municipales elaboren planes y estrategias para que el empacho no nos extermine.

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