Morir por la paz

Liu Xiaobo se ha dejado la vida en su intento por conseguir que China dejara de ser una de las más férreas dictaduras contemporáneas

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Hay premiados y premiados. Recibieron el Nobel de la Paz tanto Barack Obama como Liu Xiaobo, el disidente chino que acaba de morir sin que el régimen haya hecho nada por darle opciones firmes de vida. Ambos han tenido el reconocimiento del Comité Nobel y ambos forman parte del mismo elenco de personajes homenajeados por su lucha a favor de la convivencia y la paz. Sin embargo, hay un abismo entre los dos que resulta de todo punto inconveniente.

Obama recibió el premio al poco de llegar a la Casa Blanca por lo que prometía su presidencia. No fueron sus hechos lo que quiso reconocer el Comité sino lo que parecía que iba a ser una línea que luego resultó poco consistente. Redujo las tropas de Iraq pero mantuvo una situación difícil en Siria, Libia, Somalia o Yemen. Obama fue un bluf también en los esfuerzos por reducir la violencia en el mundo, incluso en su propio país donde no implantó medida alguna contra la proliferación de armas de fuego por mucho que haya insistido en ello.

En cambio Liu Xiaobo se ha dejado la vida en su intento por conseguir que China dejara de ser una de las más férreas dictaduras contemporáneas. Él no ha podido salir de la cárcel ni ha conseguido lo más importante: que el mundo cambie en algo gracias a su sacrificio. La mayoría de países que ahora estarían levantándose contra el gigante oriental si fuera otro están callados por sus intereses económicos. Ya sea por sus inversiones, por sus enormes mercados para colocar los productos propios o por el dinero que nos presta China, a ninguno le conviene enemistarse con la potencia. Leopoldo López ha tenido más suerte en eso. No solo porque el régimen chavista ha aceptado su liberación, aunque no sabemos aún a cambio de qué, sino sobre todo porque el mundo ha mirado con lupa la actuación de Maduro con él y estaba dispuesto a enfrentarse al cacique venezolano con tal de defender al opositor.

En cambio, China es un entorno distinto, un socio de confianza y una realidad a la que no podemos someternos fácilmente. También hay disidentes y disidentes. Y personas que se enfrentan al poder y otras que, en el fondo, lo encarnan. Por eso no puede ponerse en relación a un premiado con otro y resulta ofensivo compartir listado para quienes se convierten en mártires de la libertad. Xiaobo lo es, aunque Occidente se limite a lamentar su muerte sin entrar en más detalles sobre las circunstancias que la han rodeado.

Después nos envolvemos en la defensa de los derechos humanos y se la exigimos a aquellos que no nos incomodan. O que nos resultan rentables en clave interna. ¿A qué partido reprochar lo que sucede en China? ¿Es comparable a Venezuela que tan bien les viene a unos y otros para vender el propio mensaje? La lucha por la paz y la libertad es una sola. La que nos lleva a recordar a Miguel Ángel Blanco, celebrar la liberación de Leopoldo López y lamentar profundamente la muerte de Liu Xiaobo.

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