Monstruos

El ser humano tiene una gran capacidad para reponerse. Mucho más que un mero instinto de supervivencia

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Bajé del metro en plena Rambla, muy cerca del hotel que me había reservado la Universidad. Conozco de sobra el sitio, la zona, la Boquería y la replaza que hay junto al hotel donde comer menú casero, lejos de los fast food del turisteo. Sin embargo, no había vuelto desde los atentados de este verano. Por eso, salir del metro y encontrarme de bruces con el pavimento Miró, el punto en el que se paró la furgoneta asesina, me clavó en el suelo. No sé qué esperaba; quizás alguna flor, alguna vela, algún recuerdo. Mejor así. Por encima solo pasaba la vida. Nada más y nada menos que la vida. Madres y padres con carritos, turistas orientales caminando sin preocupaciones y riéndose, y yo, con mi trolley rezando en voz baja por ellos, por sus familias, por sus amigos. Por tanto inocente arrancado de esa vida que se mostraba alegre y despreocupada delante de mí, a manos de un fanatismo estéril. De monstruos. Eché a andar y me di cuenta de lo largo que había sido ese trayecto de muerte, de la curva que había que tomar, de la cantidad de kioscos llenos de flores que tuvo que sortear. Pero sobre todo de que nadie diría que todo aquello ocurrió allí mismo hace apenas unos meses. El ser humano tiene una gran capacidad para reponerse. Mucho más que un mero instinto de supervivencia. Es esa frase que oí decir muchas veces a las vecinas que visitaban a mi madre cuando murió mi padre, demasiado joven: «tienes que hacerlo por tus hijos». Y es eso lo que mueve a Barcelona a seguir adelante, como las viudas jóvenes. Por los hijos, o por los padres, o por quien sea. Lo hacemos porque hay alguien más importante que nosotros mismos que nos obliga a seguir.

Solo lo volví a recordar al visitar la Sagrada Familia. Controles de seguridad aeroportuarios. «¿Tengo que quitarme el cinturón?». No, no hace falta. Pero casi. Luego, bajo el Pórtico del Nacimiento el horror de pensar que unos desalmados hubieran podido hacer detonar allí mismo kilos y kilos de explosivo para acabar con la obra de Gaudí. Y la rabia pensando en que un día puedan conseguirlo. Como los Budas, como Palmira. Mientras tanto, por la noche, una manifestación de lazos amarillos gritaba libertad para los presos. Libertad es poder pasear por las Ramblas sin miedo y disparar a las torres de Gaudí pero con cámaras de fotos. Miles de cámaras. Libertad es erradicar los monstruos que nos impiden ver a los demás, como dice Guillermo del Toro cuando explica su cine: la ideología no nos deja ver la esencia del otro y valorarlo; lo convierte en un monstruo. Así ven algunos a Marta Sánchez por cantar el himno de España y, otros, a Anna Gabriel, por marcharse al paraíso bancario. La libertad de andar por las Ramblas sin miedo se garantiza con una regulación transparente, igual para todos y con mecanismos que aseguran su cumplimiento. La ley y su ejecución aseguran la libertad. Pero las leyes injustas y sus exigencias producen monstruos.

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