No mires atrás con ira

A finales de 1975 España estaba preparada para asumir un cambio político de gran trascendencia: convertirse en un país democrático, verdaderamente democrático, por primera vez en su historia. Y con la participación de una gran mayoría de los españoles, de todas las ideas y de todas las regiones, incluida Cataluña, el 31 de octubre de 1978, previa autodisolución de las Cortes franquistas por unanimidad y por propia decisión, las nuevas Cortes aprobaron la Constitución. Los españoles la sancionarían votándola en las urnas por una amplísima mayoría el 6 de diciembre de 1978. El 27 de diciembre sería sancionada por el Rey.

Con aquella participación mayoritaria de ciudadanos, instituciones y Rey en favor de ella creímos que todo quedaba cerrado, creímos que dejábamos atrás una negra etapa para España. Creímos sinceramente que la dejábamos atrás y abríamos la puerta a una convivencia en paz y a la desaparición definitiva de las dos Españas que tanto dolor habían causado.

Treinta y nueve años después tenemos la amarga sensación de que no fue así. Ahora muchos nos dicen que no votaron lo que creímos que habían votado y, falta por saber cuántos, hay quienes querrían volver, caiga quien caiga, a aquellos días de ciega locura.

En cualquier manifestación, sea cual sea el motivo por el que se la convoca, vuelve a ondear la inconstitucional bandera republicana ante la pasividad o cobardía de muchos. Esas banderas nos obligan a reflexionar y se hace necesario, para entenderlo, volver la vista atrás.

La II República fue el sistema político que gobernó España del 14 de abril de 1931 al 1 de abril de 1939, fin de la Guerra Civil. Querida por algunos y denostada por otros, quiero recordar las palabras que de ella dijera don Marcelino Menéndez Pelayo cuando la I República estaba instalada en España. «Estos son tiempos de desolación apocalíptica, cada ciudad pretende constituirse en cantón, la guerra civil crece con enorme intensidad... Andalucía y Cataluña están de hecho en anárquica independencia, los federales de Málaga se destrozan entre sí...» Destacan en sus palabras dos cosas fundamentales: «desolación apocalíptica» y «anárquica independencia».

Con la República, la I y la II, no ganaron los españoles una mejor situación social ni económica. Se sucedieron los gobiernos y la inestabilidad y el caos fueron in crescendo hasta que estalló una guerra fratricida que sumió en la desolación a todos, y todos la sufrieron, los que permanecieron fieles a la República y los que se sublevaron contra ella. Ocurre en todas las guerras civiles.

Nostálgicos de la República, ¿para qué? Nunca España ha vivido una etapa mejor que en estos casi 40 años de democracia bajo una monarquía parlamentaria. Parece indudable que quedaron heridas abiertas después de la guerra, con todos mis respetos, sobre todo en los que la perdieron, heridas que continúan abiertas imagino que en sus descendientes, porque no creo que en 2017 quede vivo ninguno de los que combatieron en ella.

Después de la guerra, terrible para todos, los que la ganaron debieron sentir cierto alivio y que tal vez les había merecido la pena el sufrimiento sufrido, mientras que quienes la perdieron quedaron con esa amargura añadida. Y nos da la sensación de que no les importaría repetirla con la esperanza de ganarla esta vez. Entiéndanlo todos, la guerra civil española por fortuna es pasado, un pasado que nunca debería repetirse porque volverían a perder todos, vencedores y vencidos. Quien les diga lo contrario les está engañando, no se dejen seducir por los que sólo tienen intereses torticeros.

En nuestra tierra hemos sufrido la invasión y el atropello de muchos. ¿Debemos odiar a los musulmanes que durante 800 larguísimos años se apoderaron de tierra, tesoros, mujeres, niños y quitaron la vida a muchos? No, simplemente no les dejaremos que vuelvan a hacerlo. ¿Debemos odiar a los franceses que nos invadieron, nos saquearon y en la retina de todos están aquellos fusilamientos del 2 de mayo? No, simplemente no permitiremos que nunca, ni ellos ni ningún otro pueblo, vuelva a hacerlo. ¿Debemos seguir odiando eternamente a los que un día enterraron a su antepasado en una cuneta después de darle un tiro en la nuca o al que fusilaron en la tapia del cementerio arrojándolo a una fosa común? Ambos yacen bajo una tierra que alguien quiere desenterrar para volver a enterrarlo bajo otra tierra. Toda la tierra es común, es igual, toda ella pertenece a nuestro planeta. No pretendan engañarse diciendo que quieren devolverles la dignidad; ninguno de los asesinados la perdió, sólo la perdieron los asesinos.¿Quién ha sido el que, en vez de trasmitir a sus descendientes sentimientos de amor y comprensión, se ha esforzado en trasmitirles odio? El odio es la peor enfermedad del alma. Quien lo haya hecho, ¡qué equivocado ha estado! Todos deberíamos poner nuestro esfuerzo en no repetir semejante disparate. Para ello, sin ninguna duda, es necesaria mucha generosidad.

Es cierto que hemos sufrido monarquías infames, pero infames fueron también las dos repúblicas. Decidimos en nuestra Constitución que nuestro sistema de Estado es una monarquía parlamentaria. Pues bien, mientras el Rey sea una persona capacitada, que sepa ser el Rey de todos los españoles por igual, que facilite una alternancia en el poder de los diferentes partidos políticos elegidos libremente en las urnas y podamos progresar en todos los sentidos de la vida, alejándonos con su presencia del riesgo de los independentismos, dejémosle gobernar. Los experimentos, con gaseosa.

Tiene que llamarnos la atención que el territorio que ahora quiere independizarse quiere convertirse en una república. Recuerden las palabras sabias de Menéndez Pelayo. No miremos hacia atrás y si lo hacemos, no lo hagamos con ira.

Fotos

Vídeos