LA MIRADA DE LINO

LA MIRADA DE LINO
Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Conforme caen las fechas de las fiestas entrañables compruebo mi conversión en plasta melancólico. Intento, de verdad, sumergirme en la alegría colectiva de urgencia, sin embargo me instalo en la nube tontorrona de tristeza y no recupero el niño que habitó en mí para ilusionarse ante el barullo. Y, francamente, no sé qué es peor, si vivir la Navidad impulsado por el endiablado jolgorio artificial o militar en el bando de los sosos. La Navidad, en efecto, es cosa de criaturas. Puesto que en la familia ya no zumban como moscas los críos con los que conviene disimular, me deslizo hacia la laxitud mental que cristaliza en una suerte de fatiga y en ese «ufff, que pasen pronto estas fechas para regresar a la rutina». Mientras, uno supera estos trances escaqueándose de todas las comilonas posibles y visionando joyas del cine que nunca fallan. Durante la Nochebuena, finalizada la contenida (¡por suerte!) cuchipanda familiar, tumbado sobre el sofá de la palocueva revisé 'Classe tous risques' ('A todo riesgo'), de Claude Sautet, una obra maestra del polar francés que incluso los aficionados al género tienden a olvidar. Qué maravilla. Su sobriedad, su contención, su falta de sentimentalismo barato, justo frente a los fastos de esta época, emocionan el corazón más anquilosado. La mirada de su protagonista, Lino Ventura, traspasa el alma y en ella se reflejan los golpes de la vida y ese lado perdedor que nos recuerda nuestra humanidad. Sautet, el director, vigilaba la dieta de Ventura porque la degradación de su protagonista, un hombre perseguido por la pasma, se debía también observar en lo físico. Lino Ventura, en fin, jamás habría logrado adelgazar durante unas navidades españolas. Eso sí, el peliculón tampoco invita al optimismo, pero en Navidad, qué le vamos a hacer, uno se pone así de gafapasta.

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