Minorías hostiles

Cualquier posición minoritaria es contraria por definición, en el sentido de oponerse a lo que haga el poder; si no estaría en la cómoda mayoría

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Pere Fuset, concejal de Cultura Festiva del Ayuntamiento de Valencia, ha marcado distancias respecto a «una minoría muy hostil» de falleros porque en su criterio se creen dueños de las esencias falleras.

Si lo de impartir doctrina siempre resulta llamativo -desde un lado o el contrario- porque denota que hay quienes se sienten poseedores de verdades absolutas, intentarlo con unas fiestas, y en especial sobre las fallas, tan efímeras en en sí mismas y destinadas a ser pasto del teórico fuego purificador, aún parece más exagerado.

No obstante, el postulado del señor Fuset sobre la hostilidad de las minorías mueve a reflexión en general.

Una minoría parece siempre destinada, por definición, a ser hostil. Si no lo fuera, no sería minoría, estaría encuadrada en la cómoda mayoría.

Quien está inmerso en la minoría -la que sea, en el asunto de que se trate: político, económico, familiar... incluso festivo en este caso- se enfrenta a la mayoría. Para eso lo hace, ¿no? Uno no es del parecer que impera en los ámbitos del poder de turno, que será poder porque representa a la mayoría, discrepa en algo sobre lo establecido en ese momento y de manera automática queda enmarcado en la minoría, o en una de las minorías, porque tampoco habrá verdades absolutas y unívocas en el lado de quienes se oponen a lo que sea.

¿Cabe que una minoría lo sea sin mostrarse hostil? Seguramente no. Hablamos de hostilidades civilizadas, educadas, democráticas, nada de belicismos ni violencias. Pero no por imperar el pacifismo en la acción se deja de ser hostil, que simplemente significa mostrarse contrario a lo que hagan o digan otros.

Seguro que el señor Fuset, que también es presidente de la Junta Central Fallera, aunque ahora anda algo mosqueado con la asamblea de presidentes de fallas, se sintió en la minoría hostil respecto a la mayoría gobernante que había años atrás en el Ayuntamiento de Valencia y en la organización de las fiestas. Lógico, por eso se presentó a las elecciones municipales por otro partido, hizo proselitismo y al salir elegido y figurar en el equipo de gobierno que define la representación mayoritaria, procura aplicar otra política, quizás bastante diferente de la que antes criticaría en su posición minoritaria.

Es curioso que desde el poder -cualquier poder- se tienda a señalar los supuestos pecados de las minorías, a las que se tiene por hostiles. Si no estás conmigo, estás contra mí. Pasaba antes y mucho antes, marcó estilo cuando nos gobernaba el régimen de partido único, y pasará otra vez cuando alguien que se encuadre ahora en la minoría hostil alcance posición gobernante y, apenas pasen dos años y cojan costumbre, se sienta molesto y hasta incomprendido por quienes se muestran tan refractarios a sus postulados.

Es como ese catarro invernal o por culpa del aire acondicionado: llega, molesta, se supera, parece olvidado, pero más adelante se vuelve a reencarnar.

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