MIMAR A LAS UNIVERSIDADES

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

A las públicas, por supuesto. Para el tripartito gobernante en la Generalitat y en el Ayuntamiento de Valencia es fundamental tener contentas a las universidades. En el Consistorio les encanta la denominación 'el Govern de la Nau' (aunque sólo la utilizan los fieles a la causa), con la que quieren reflejar el vínculo que les une al antiguo Estudi General y a la sede de la calle de la Nave donde se alcanzó el pacto entre Compromís, el PSPV y València en Comú para hacer alcalde a Joan Ribó. El del Consell se firmó en el Botànic, otro espacio vinculado a la Universitat y que además atesora unas claras referencias reivindicativas por la lucha vecinal contra el proyecto urbanístico que se pretendía levantar junto al jardín. El simbolismo de aquellos actos, la buscada vinculación entre las aulas y los despachos oficiales es más que evidente. Como la influencia que determinados profesores y cargos de los campus ejercen tanto en la Administración local como en la autonómica. Desde el principio de su mandato, la Generalitat de Puig y de Oltra y el Ayuntamiento de Ribó han engrasado, cuidado y mimado al extremo sus relaciones con las universidades, con las públicas, por supuesto. Lo cual explica las progresivas dificultades que se han ido encontrando las privadas en su relación con los poderes (públicos, por supuesto). Así que barra libre, es decir, tasas académicas más baratas (que encima es una medida muy popular), mejora en las retribuciones docentes, más presupuesto para becas y el anuncio de un nuevo modelo que mejorará la financiación, la vieja aspiración de los rectores. Todo lo cual parece, en principio, irreprochable, pero que deja sin abordar uno de los grandes asuntos suscitados durante la crisis económica, política, institucional y social que ha padecido España y que ahora empieza a ser tan sólo un recuerdo: el de la burbuja universitaria. Salimos de la recesión y prácticamente todas las empresas y los hogares se han ido adaptando a unos nuevos tiempos de menos alegrías, de contención financiera, de mayor control en el gasto. Pero, ¿y las universidades? No se ha llegado ni a plantear que algunas de las que nacieron durante los años de expansión autonómica y del café para todos son una rémora, un despilfarro, un pozo sin fondo que no se sostiene y no se puede mantener. Muchas empresas no aguantaron la crisis y cerraron, muchas familias tuvieron que vender su piso o su segunda residencia. En los campus hubo airadas protestas contra los recortes y hasta huelgas y manifestaciones estudiantiles. La realidad, no obstante, es que la gran burbuja universitaria sigue más o menos como estaba. Otra gran oportunidad perdida. Pero no va a ser el tripartito quien meta en cintura a los profesores, a su 'intelligentsia'.

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